16 de septiembre de 2026

Oeste de la Poza Valdillón

La Poza Valdillón era una antigua cantera que ha sido reconvertida en un área recreativa y de baño. Hoy habíamos planificado iniciar y terminar una ruta desde allí para podernos dar un baño tras el esfuerzo, pero una bajada de las temperaturas nos hizo cambiar de plan y mantener la ruta pero desplazando la salida y llegada a Grisuela. 

Para desplazarnos hasta Grisuela salimos de Zamora a las 9.30 h. los cuatro bikers participantes en dos coches. Poco más de una hora después estábamos iniciando la ruta. Tocó abrigarse algo porque la temperatura era de 14º y había viento, eso sí, el sol lucía a pesar de que había algunas nubes altas. 

Tras recorrer un par de calles del pueblo y lo dejamos atrás tras pasar junto al Calvario con las tres cruces habituales. 


Desde ese punto comenzó nuestro particular "calvario" ya que iniciamos una subida larga, y cualquier ascenso se atraganta un poco cuando es al comienzo de una ruta. Y es que fueron más de tres kilómetros subiendo rodeados de robles.


Tocó después bajar, pero la alegría nos duró poco. Al llegar a una carretera provincial, seguimos por ella poco más de cien metros y la abandonamos iniciando otro ascenso.


Ese fue más corto. Al terminar comenzamos a descender hacia San Vitero. Al llegar a esta localidad recorrimos un par de calles y entramos en la principal que nos llevó hasta la iglesia, eso sí, superando una buena cuesta.

Junto al ábside de la misma pudimos ver un vecerro conocido como "El Becerro". Se atribuye esta escultura a los vetones y se ha datado en el siglo VI antes de Cristo. 


Desde allí bajamos hacia la carretera, la cruzamos y continuamos por un camino por el que en menos de quinientos metros llegamos a la Ermita del Cristo del Campo, un santuario en el que se realizan anualmente dos romerías. 


Desde allí cruzamos la carretera y seguimos por un camino en paralelo a esta, si bien enseguida nos fuimos separando de la misma. Fuimos ascendiendo suavemente y hubo un tramo en el que las jaras casi habían cerrado el camino.


Enseguida descendimos, fuimos describiendo una especie de zeta, correspondiendo el último trazo de esta al inicio de otra subida, también larga, de unos dos kilómetros, más empinada en un primer tramo, si bien se fue suavizando a medida que nos acercábamos a la segunda localidad de paso.
 

Esta fue San Cristóbal de Aliste. Transitamos por dos calles del pueblo, pasando como nos gusta hacer siempre junto a la iglesia.


En los siguientes cuatro kilómetros, en términos de relieve, describimos una uve atravesando campos agostados que esperan las lluvias para comenzar a otoñar. Hacia la mitad del trayecto debíamos seguir por un camino pero como vimos que estaba comido por la vegetación continuamos por el que íbamos y, finalmente, nos llevó hasta la siguiente población: Gallegos del Campo. 


No recordábamos haber pasado alguna vez por esta localidad y nos sorprendió su tamaño, mayor de lo que esperábamos. 



Nos alejamos de esta localidad por un camino por el que recorrimos como un kilómetro hasta llegar a una carretera. Cruzamos al otro lado y seguimos rodando sobre tierra pero con una novedad, un fuerte viento que comenzó a darnos frontalmente. Recorrimos casi seis kilómetros en los que, a pesar de que el perfil era favorable, no conseguíamos pasar de 25 km/h. 


Casi concluyendo esos seis kilómetros el descenso fue más acusado hasta llegar a un pequeño valle en el que cambiamos de dirección y, de repente, sentimos un placentero silencio en nuestros oídos, al no sentir el viento con su molesto zumbido. 


Desde allí tuvimos que enfrentarnos a dos pequeñas subidas, dejándonos la segunda junto el monumento a San Roque, inaugurado el año pasado y cuya construcción fue posible gracias a la colaboración vecinal y a la de varias entidades locales. 


Allí mismo iniciamos la bajada a Pobladura de Aliste. Al entrar en el pueblo nos dirigimos a la iglesia, aunque antes nos encontramos con un pequeño mural sobre una puerta. 


La iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, románica en su origen, conserva ya muy pocos elementos originales, pero es bonita en su conjunto. 


Continuamos bajando hacia el resto de la localidad y nos topamos con un mural muy bien realizado. Enseguida identificamos por su estilo que era del artista toresano Carlos Adeva. 


Nos pareció un lugar ideal para hacernos un selfie. Y así lo hicimos...


A mediada que fuimos transitando por diversas calles del pueblo fuimos encontrando en los muros de muchas casas fotos representando las costumbres, el folclore y la celebración de La Obisparra (la mascaradas de Pobladura). 


A la salida de la localidad nos encontramos con el río Aliste, o al menos con su cauce, ya que en la actualidad se encuentra prácticamente seco. Junto a él continuamos dos kilómetros en los que fuimos descendiendo casi imperceptiblemente. 


Recorridos ese para de kilómetros llegamos a Las Torres de Aliste, ascendimos por la calle que conduce a su iglesia para enseguida hacer lo contrario para llegar hasta el río y cruzarlo por un puente. Desde el otro lado nos gustó la vista del pueblo. 


Al salir de esta localidad rodamos unos cientos de metros prácticamente llanos pero un cambio de dirección hacia la izquierda nos mostró lo que teníamos por delante. 


Que no era otra cosa más que una subida que enseguida reconocimos porque nos hemos enfrentado varias veces a ella. Fueron casi dos kilómetros con rampas importantes. En algún momento vimos marcar el 15% en nuestro GPS.


Eso sí, los siguientes tres kilómetros fueron de bajada, pero para que no la disfrutáramos plenamente hubo intercaladas un par de subiditas. 


El descenso nos llevó hasta Palazuelo de las Cuevas. Después de transitar por un par de calles, entramos en una que nos llevó hasta la iglesia. 


Dejamos el templo atrás continuando descendiendo hacia el río Aliste. Desde esa bajada echamos la vista atrás y nos gustó la imagen del pueblo desde allí. 


Al llegar al cauce del río, cruzamos un puente y giramos a la derecha para seguir acompañándolo pero por muy poco tiempo porque enseguida nos fuimos abriendo hacia la izquierda separándonos así de él. Cruzamos una carreterita y seguimos de frente por un camino en cuesta. 


La subida se prolongó a lo largo de unos dos kilómetros y medio. Recorridos estos, un giro a la derecha nos llevó a otro camino y unos metros más adelante ya pudimos contemplar la Poza Valdillón que, como ya citamos, era una cantera en desuso que ha sido reconvertida en un área fluvial. 



Después de una breve parada reiniciamos la marcha. Continuamos subiendo como medio kilómetro más para después divertirnos descendiendo por el camino ancho y de buen firme que nos condujo a San Vicente de la Cabeza. 


Al entrar en el pueblo continuamos bajando hasta que cruzamos de nuevo el río Aliste por un puente. 


Al otro lado del mismo se terminó la diversión porque comenzamos a subir para recorrer esa parte del pueblo, pasamos junto a la iglesia, románica en su origen, pero de aquella época conserva poco. En la actualidad cuenta con un añadido enfoscado de cemento y pintado de blanco que desmerece cualquier resto de la iglesia original. 

Nos fuimos alejando de la iglesia y del pueblo por una cuesta encementada y con una inclinación considerable. Terminado el cemento continuamos rodando sobre tierra. En total ascendimos a lo largo de algo más de un kilómetro. Eso sí, nada más terminar la subida comenzamos a descender, y lo hicimos con creces, porque disfrutamos tres kilómetros en los que apenas tuvimos que tocar los pedales. 


Terminados estos ya solo nos restaban otros tantos para llegar a Grisuela, pero no fueron ningún regalo porque fueron continuos sube y bajas no muy largos. Eso sí, con los primeros más largos que las segundas. 


Ya cerca del pueblo nos unimos a un camino que ya conocíamos, pasamos junto a una fuente-abrevadero y poco después entramos en una zona con mucha vegetación y verdor, antesala de esta localidad.


Entramos en ella por la parte trasera de la iglesia, la rodeamos, continuamos por la calle principal y desde esta fuimos hasta el punto del que habíamos partidos unas horas antes. 


Allí cargamos las bicis, nos aseamos y nos cambiamos para, finalmente, dirigirnos al Restaurante Catalina, donde Antonio y Vero nos atendieron estupendamente, como siempre. Una vez comidos desde allí regresamos a Zamora después de una jornada perfecta, con un único "pero", el no haber podido bañarnos en la poza, como nuestra intención original. 




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