13 de junio de 2021

Mojándonos hasta Toro

Dentro de poco más de quince días comenzaremos nuestra gran ruta del verano. Las etapas serán largas y con mucho ascenso, así que, poco a poco, hay que ir preparándose. Ahora que las fechas se van acercando ya toca hacer rutas largas para acostumbrarse a los kilómetros y al tiempo de estar sobre el sillín. Por eso hoy hemos ido hasta Toro, bueno, casi hasta Toro. Nos quedamos en el Puente Románico.

Creo que, cuando ayer nos fuimos a la cama los cinco bíkers que participamos en la ruta de esta mañana, a ninguno se le pasó por la cabeza que hoy pudiera llover. Eso, a pesar de que pasada la medianoche cayó ya un buen chubasco. De madrugada también llovió e incluso a las 7.45, pero aún así la previsión no indicaba ya más chubascos.

Así que a las 8.30 los cinco participantes estábamos a la puerta del Bar CD. Bueno, algunos habían madrugado más y habían estado previamente en su interior desayunando. Nuestra intención era ir a Villaralbo y desde allí seguir el GR-14 hasta los aledaños de Toro, y así lo hicimos. 

Cruzamos el puente de la Autovía, bajamos las escalerillas y giramos a la izquierda para tomar el camino de San Antón. Seguimos este, con trazado de asfalto y de tierra, según los tramos, y en poco tiempo estábamos entrando en Villaralbo. Allí nos incorporamos al GR-14, que en caso de lluvia suele ser un valor seguro porque drena muy bien. De hecho, no había ni charcos.

A pesar de que no hacía mucho que había terminado de llover, el sol quiso asomarse y acompañarnos. Lo hacía a ratos, porque de vez en cuando quedaba sumergido por grandes nubarrones. 


En los únicos sitios donde el GR-14 no drena bien es donde los aspersores desperdician a diario litros y litros de agua regando parte del camino. En esas zonas hay tanta agua acumulada que es imposible que no haya algo de barro.


El tramo entre Villaralbo y Madridanos lo hicimos cómodos y a buen ritmo. Lo cierto es que no tiene ninguna dificultad, es llano, es liso y hoy, por suerte, no había viento, así que la media que íbamos sacando era buena.

Tras pasar por un lateral de la localidad de Madridanos empezamos a desconfiar del cielo. El caso es que mirando hacia un lado veíamos una porción de cielo esperanzadora...


Pero si fijábamos la vista en el lado contrario, precisamente hacia donde íbamos, la "cosa" pintaba distinto. Para ser más exactos, pintaba bastante mal.


De hecho, cuando llegamos a la zona de Las Contiendas y giramos a la derecha para ya ir en paralelo a estas, empezamos a ver alguna cortina de agua al fondo, por la zona de Sanzoles.


Y si mirábamos hacia El Viso, más de lo mismo... Pero nosotros, independientemente de la meteorología, seguíamos a lo nuestro, que era pedalear y pedalear.


Y como pedalear nos ayuda a disfrutar, íbamos disfrutando del momento, de la mañana y de la compañía, aunque sabíamos que estábamos a punto de terminar lo bueno. Como conocemos ya el camino conocíamos lo que nos esperaba al terminar la recta por la que estábamos rodando.


Al finalizar esa recta se realiza un giro de más de 180º hacia la izquierda y se inicia una subida suave. En pocos metros cambia el paisaje, dando paso las tierras de cereales a zonas sin cultivar, con arbolado y algo de monte bajo.

Después de superar la recta de la ascensión suave, el camino gira hacia la derecha y el ascenso se va endureciendo por momentos. Un poco más adelante gira ligeramente a la izquierda y se enfila un tramo muy empinado. Al finaliza este hay una curva a la izquierda de nuevo, tras ella el camino es menos empinado y poco después finaliza el ascenso. Es corto pero intenso.


Después de superar la recta del ascenso suave, el camino gira hacia la derecha y ese se va endureciendo por momentos. Un poco más adelante gira ligeramente a la izquierda y se enfila un tramo muy empinado. Al finalizar este hay una curva a la izquierda de nuevo, tras ella la cuesta del camino es menos empinada y poco después finaliza el ascenso. Es corto pero intenso.


Eso sí, al llega a la parte más alta hay premio, porque se pueden contemplar una buena vista de El Viso y toda su área circundante. Lo que hace unos días era un tablero lleno de matices de verde, hoy es ya un tablero repleto de cereales agostados, salpicado de barbechos.


Nada más coronar este primer embite empezamos a notar las primeras gotas. La lluvia, con la que estaba claro que nos íbamos a encontrar, acababa de llegar para acompañarnos durante un buen trecho.

A pesar de ese pequeño inconveniente seguíamos disfrutando del paseo, ahora adornado con pequeños sube y bajas entre áreas de tierra rojiza adornada con encinas. Poco después ya volvimos a encontrar cereales y al fondo, un gran nublado y una gran cortina de agua.


De nuevo volvimos a rodar por un tramo con el paisaje típico de la zona y, en un momento dado, comenzamos a descender, giramos a la izquierda para tomar el llamado Camino de Sanzoles a Peleagonzalo, y el descenso fue más acusado. Un descenso largo, de alrededor de un kilómetro y medio que nos llevó directamente a Peleagonzalo.

La calle por la que entramos en la localidad seguía hacia la carretera y nosotros continuamos descendiendo por ella. Al llegar a dicha carretera la cruzamos y continuamos de frente, hasta que el camino llega al río Duero. Allí mismo, a la vera del río, se gira a la derecha para seguir en paralelo a este.


Y en paralelo al río se continúan unos kilómetros, más de seis, en concreto. El camino está rodeado de tierras de regadío y, aunque este es bueno, de nuevo los aspersores mal colocados hacen que haya tramos embarrados, independientemente de que siguiera lloviendo.


Debido a esos tramos, aparte de empapados, comenzamos a ir también embarrados, nosotros y las bicis, claro.

Pasados los kilómetros de rodar en paralelo al río ya con la bonita vista de Toro muy cerquita, giramos a la derecha y unos metros más allá de nuevo a la derecha. Enfilamos un camino bonito, recto, con muchísima vegetación y arbolado a ambos lados del mismo y con bastante barro, este sí, producto de las lluvias caídas y de la que estaba cayendo. Abandonamos este girando 180º a la izquierda para tomar uno paralelo al río y al que habíamos traído unos momentos antes. Más que un camino era una carretera en muy mal estado.


Siguiendo esta recta terminamos entrando en el bonito Puente Románico de Toro. Por cierto, nos gustaría que el arquitecto que realizó el proyecto de remodelación del mismo nos explicara por qué hizo una aberración semejante, poniendo en los laterales del mismo un tipo de piedra que no tiene nada que ver con la que está construido el puente. También nos preguntamos si Patrimonio no supervisó las obras y, si lo hizo, cómo no las paralizó al ver el material utilizado. No se entiende que para algunas cosas de poca importancia sean inflexibles y se haya permitido algo así...


En fin... Que cruzamos el puente con la maravillosa vista al fondo del Espolón y la Colegiata y al terminar este decidimos hacer una pequeña parada para comer algo porque ya llevábamos 40 km en nuestras piernas. Allí mismo había parado un camión de bomberos y uno de ellos, al intuir que buscábamos un sitio donde parar resguardados de la lluvia, nos indicó que justo al otro lado del camión había un paso cubierto. Le agradecimos su gesto y allí mismo hicimos la parada.


La parada no duró más de cinco minutos porque al estar mojados no queríamos quedarnos fríos. Nos pensamos si subir a Toro, pero la mayoría dejo que mejor dar la vuelta allí mismo y así lo hicimos. Aunque seguía lloviendo, ya lo hacía con menos intensidad.


Continuamos recto por la misma carretera-camino que habíamos llegado al puente. Pero al llegar a la carretera que va hacia la estación de Toro, nos incorporamos a ella pero en dirección opuesta. 


Enseguida llegamos al cruce con la carretera que va a Castronuño. Allí giramos a la derecha y tras menos de quinientos metros abandonamos el asfalto para continuar por un camino que partía a nuestra izquierda. Este camino está trazado en paralelo al GR-14 y va entre este y la carretera. 

En esos momentos paró definitivamente de llover, incluso hacia Zamora veíamos un cielo azul esperanzador. Como el perfil seguía siendo llano rodábamos en torno a 25 km/h, así que avanzábamos mucho.


Siguiendo por ese camino hicimos una especie de cuatro y tras algunos kilómetros terminamos llegando de nuevo a Peleagonzalo, si bien esta vez no llegamos a entrar a la localidad. Unos metros antes nos desviamos a la derecha y proseguimos por un camino que, en algunos tramos, estaba menos pisado y, por lo tanto, en parte aparecía cubierto de vegetación, sobre todo en la zona central. 

En un momento dado uno de los bikers se metió en una rodera estrecha y profunda. Intentó salir de ella pero la tierra que pisó la rueda delantera, al estar mojada, se desmoronó y cayó al suelo. Sonó mal y, en cuanto nos acercamos a él, no quiso que le tocáramos. Después, tras un minuto o poco más, lo fuimos incorporando y ya vio él, y vimos nosotros, que no había tenido consecuencias, salvo unas pequeñas heridas en la rodilla y el brazo izquierdos.

Tras el susto volvimos a las bicis y enseguida salimos a la carretera que une Villalazán con Peleagonzalo y Toro. 


Ya en carretera comenzamos a rodar a más de 30 km/h así que en unos minutos estábamos pasando delante de la Granja Florencia. 


Como quinientos metros después de pasar por la puerta principal de dicha granja cogimos un camino que partía a nuestra izquierda y que discurre en paralelo al Canal San José durante unos dos kilómetros. En los primeros metros la vegetación casi ha cerrado el camino, pero después se va abriendo.


Terminamos saliendo a un camino de mayor entidad en el que no tardamos en girar a la derecha. Ya con Villalazán al fondo volvimos de nuevo hacia la derecha para encarar hacia este pueblo. Hicimos una especie de zig-zag por sus calles y terminamos pasando por delante de la iglesia. Teníamos interés en hacerlo porque a raíz de la aparición de una columna, del derruido convento de San Jerónimo de la capital, durante las obras de la tienda Stradivarius, en un artículo de La Opinión de Zamora se nombraba que había más columnas de este tipo repartidas en distintos lugares. Se citaba la mercería El Redondel, donde había una; el Castillo, donde ya sabíamos que había varias; y las dos que había en la iglesia de Villalazán; detalle este que desconocíamos. Al pararnos junto a la puerta principal las vimos claramente, porque son inconfundibles.


Abandonamos esta localidad por la carretera que va hacia Villaralbo. Rodamos por ella unos tres kilómetros que hicimos rápidos y nada más pasar la gravera continuamos por el camino que sale a la derecha.

Este camino nos llevó de nuevo a rodar en paralelo al río y junto a él seguimos un tramo en el que encontramos el camino, en algún tramo, casi cerrado por la vegetación y por las ramas de los árboles que lo flanquean.

Cuando salimos a un camino mejor, fuimos por él un pequeño tramo y enseguida lo abandonamos para seguir por el que teníamos a nuestra izquierda, que nos enfiló hacia Villaralbo.

La gran recta que nos separaba de esta localidad la recorrimos rápido, en parte porque hay tramos asfaltados, y en parte porque empezábamos a ver de nuevo nubes sospechosas...


Al llegar a Villaralbo recorrimos algunas calles trazadas por el lateral del pueblo y terminamos saliendo cerca de Casa Aurelia. De nuevo tocaba acercarse al Duero. Así lo hicimos, continuando por la carretera local que va entre el Camino de San Antón, por el que habíamos rodado en sentido contrario por la mañana, y el denominado Camino Viejo de Villaralbo.

Por ese tramo se rueda muy bien, así que en pocos minutos estábamos cargando con las bicis para subir las escalerillas que dan acceso al Puente de la Autovía. Aunque no nos apetecía nada de nada, al bajar del puente nos dirigimos a la estación de servicio Vista Alegre para lavar las bicis. 

Después del lavado desandamos el camino y al llegar al punto de salida paramos. No es que nos apeteciera una cerveza, es que después de los 80 km que teníamos encima la estábamos deseando.


Para descargar la ruta haz clic en el logo de Wikiloc.

Powered by Wikiloc

No hay comentarios:

Publicar un comentario