8 de junio de 2021

Una clásica: "La Mirandesa"

En Zamora, para los aficionados a la bicicleta de montaña, "La Mirandesa" es una clásica. Seguro que hay pocos de estos aficionados que no la hayan hecho alguna vez. La mayoría de nosotros la hemos hecho varias veces, pero aún así siempre gusta volver a hacerla; suponemos que será porque el paisaje es muy agradable, porque tiene dureza pero es asequible, porque el tramo final es muy divertido... Además, hoy hemos conseguido que estuviéramos casi, casi, todos, y eso no es fácil.

Los más madrugadores a las 8.30 estaban en el recién reabierto bar CD desayunando, el resto se presentó a la hora acordada, a las 9.00, menos un bíker con el que habíamos quedado en el Brocal de las Promesas, cerca de Entrala. 

Los primeros kilómetros transcurrieron sin novedad, salvo que un grupo de ciclistas de "Zamora en ruta" se acercó a nosotros y nos pasó. Tras incorporarse el bíker que estaba esperándonos ya pusimos mejor ritmo y, en esta ocasión, fuimos algunos de nosotros los que dimos caza a ese grupito. A partir de ahí fuimos prácticamente juntos un buen tramo, compartiendo kilómetros y charla.



En esos kilómetros entre el Brocal y Tardobispo parecíamos un grupo enfadado, unos cuantos iban adelante, otro grupito en el medio y un par de ellos atrás. La gente había salido de casa dispuesta a seguir ritmos distintos y no nos poníamos de acuerdo. Aunque en un par de ocasiones nos reagrupamos terminamos rompiéndonos otras tantas veces.

No es que tenga mayor importancia, pero en los primeros kilómetros se suele aprovechar para ir calentando al tiempo que se va de charleta, y hoy lo echábamos de menos. Pero eso no impedía ir disfrutando de la estupenda mañana que teníamos, con una temperatura muy agradable, cercana a los veinte grados y ni una nube en el cielo. 

Después de superar los altibajos que hay entre La Pueblica y Pereruela, llegamos a esta última localidad. La atravesamos y salimos de ella siguiendo el mismo trazado que llevábamos hasta entonces, el GR-14. Avanzábamos a buen ritmo, si bien adelante iban algunas unidades y tres iban detrás. 

Superamos pequeños ascensos y enfilamos, por la estupenda bajada, hacia el puente de las Urrietas. Allí nos separamos definitivamente del grupo de "Zamora en ruta", que habían parado en el puente a hacer una foto.


Tras cruzar sobre el arroyo (que es la ribera de Sobradillo) empezamos a reconocer el paisaje sayagués, las encinas comienzan a salpicar las tierras y las escobas y la hierba se encargan de cubrir el resto del terreno.

No tardamos mucho en echar de menos la subida técnica que había después del puente y antes de llegar a Arcillo, un tramo que para unos resultaba complicado de superar sin echar el pie a tierra y a otros les encantaba. En todo el municipio han arreglado los caminos y este no iba a ser menos...


Menos mal que la bajada a Arcillo la han respetado y aunque está con auténticas simas realizadas por las torrenteras producidas por las aguas de las lluvias, es un tramo en el que nos lo pasamos bien, esquivando piedras, esas torrenteras y trazando curvas de 180 grados.

Al llegar a la Ribera de Arcillo ya nos reagrupamos porque tuvimos que hacer una parada para cruzarla. Tras hacerlo, comenzamos a subir por un lateral del pueblo, no se llega a pisar, rodar mejor dicho, por sus calles. Esa subida es algo técnica porque está repleta de piedras que emergen del suelo del camino.

Superado ese tramo se sigue ascendiendo suavemente y el camino se convierte en uno netamente sayagués, es decir, de buen firme y cubierto de zahorra. 


Cuando hay algún claro de encinas, aparecen las cortinas, rodeadas de esas paredes de piedra que nunca nos cansaremos de decir que son auténticas obras de arte.


Como suele ocurrir siempre, tras los ascensos surgen las bajadas, así que pronto comenzamos a descender hacia el puente de La Albañeza. Como en el de Las Urrietas no habíamos parado, era obligado hacerlo en este para hacer una foto de grupo.
 

Después de hacer las fotos y de tomarnos un pequeño descanso, continuamos para comenzar a atravesar el tramo que, probablemente, sea el más bonito de la ruta. Es que discurre entre este puente y la dehesa del mismo nombre. Es Sayago en estado puro, encinas, de todos los tipos y tamaños, piedras, praderas, escobas y un buen camino abriéndose paso entre unos y otros.



Disfrutamos mucho de esta zona y, cuando se levanta la vista del camino, siempre se encuentra una estampa digna ser inmortalizada .



Poco antes de pasar por la puerta de la dehesa, el camino aparece acotado por dos paredes flanqueadas por encinas que propician una sombra que, cuando empieza a apretar el calor, se agradece enormemente.


Poco después, disfrutando de la mañana y de la bici, pasamos junto a las primeras viviendas de Abelón. Las indicaciones del GR-14 hacen recorrer una parte importante de la localidad. Al salir de ella nos enfrentamos a un tramo muy bonito, similar al que habíamos recorrido poco antes.


En ese tramo del GR-14 se rueda encajonado entre dos hileras de paredes. En otras ocasiones la vegetación estaba más densa, pero hacía poco que había sido limpiado. Nuestra felicitación a la Junta de Castilla y León por hacerlo y también la hacemos extensiva a los ayuntamientos que, con gran esfuerzo, mantienen sus caminos, no saben cómo se lo agradecemos los ciclistas y los senderistas.


La distancia entre Abelón y Moral de Sayago, nuestro siguiente destino no es grande así que no nos demoramos mucho en llegar a esta última localidad. Antes de entrar al pueblo, en la zona denominada Los Pocilones, hicimos una parada porque hay un puente típico de la zona que nos gusta mucho, y porque vimos algo encima de una roca junto al arroyo. Uno de esos "algo" se lanzó al agua. Nos acercamos a ver el otro que aún estaba sobre la roca y resultó ser ¡una tortuga!


Nada más cruzar sobre el puente dijimos adiós al GR-14. En esa zona el Duero traza una curva hacia la derecha y el GR-14 hace lo propio, que para eso es la Senda del Duero, así que se va también hacia la derecha, en busca de Villadepera. Nosotros, al seguir recto entramos en Moral de Sayago, cruzamos su calle principal y, casi a la salida, giramos hacia la derecha para tomar un camino que nos alejó del pueblo.


Poco después comenzamos a rodar por una zona muy diferente a todo lo anterior, porque el trazado, ahora marcado con balizas con marcas blancas y amarillas, va por praderas, que aún conservaban algo de su originario color verde, pero ya salpicado del color que indica que se está empezando a agostar.


Cuando estas zonas están húmedas cuesta mucho mover la bici, pero en esta ocasión el terreno estaba seco y se rodaba bien. De vez en cuando se alternaban estas zonas con tramos de camino.


En este segmento de la ruta, entre Moral y Torregamones, aparte de lo ya descrito, también nos encontramos con varias cancelas que fuimos abriendo y cerrando a nuestro paso. En un momento dado hay que cruzar la carretera que une Bermillo con la N-122 y más adelante la que discurre entre Ricobayo y Miranda do Douro. Y entre una y otra, atravesamos zonas con más o menos vegetación, pero bonitas de recorrer.



Como no habíamos parado en todo el camino para comer algo, nuestros estómagos iban indicándonos que convendría hacer un pequeño receso. Habíamos hecho un amago cerca de Moral, pero decidimos "sacrificarnos" y esperar a Torregamones para realizar la parada en un bar que hay junto a la iglesia y que ya hemos visitado en otras ocasiones. Y es que queríamos acompañar el estupendo chorizo que nos traía un bíker, incluso ya cortadito, con una cerveza, para así tragarlo mejor.


Sobra decir que ese chorizo, con un poquito de pan, y acompañado de una Estrella Galicia, nos supo a gloria bendita. No quisimos alargar mucho la parada, así que no tardamos en volver sobre las bicis. Eso sí, en este punto el grupo se dividió. Un bíker, aún convaleciente de una caída, prefirió evitar la zona técnica que hay justo antes de llegar a la presa, así que él y un acompañante hicieron ese tramo por carretera.

El resto nos pusimos "manos a la obra" para hacer esos últimos kilómetros. Son kilómetros que se hacen rápido porque, además de que el perfil "pica" hacia abajo, el camino no puede ser mejor. 


Después de avanzar varios kilómetros en poco tiempo y de hacer algunos cambios de dirección, la pista por la que íbamos comenzó a ser más estrecha y estar menos pisada. Además empezó a ser sinuosa, señal inequívoca de nos estábamos acercando a la parte más divertida de todo el recorrido.

Esa zona comienza poco antes de tener a Miranda justo frente a nuestra vista, a partir de ahí comienza un descenso continuo, con curvas a una y otra mano y con piedras que hay que ir esquivando. Si se desciende sin miedo se disfruta un montón.


En la zona intermedia el camino se va estrechando y el firme sigue estando salpicado de piedras, pero son fácilmente esquivables.


En la parte final se termina rodando por un sendero. Después de una curva de 180º nos enfrentamos a unos escalones en los que tuvimos que apearnos de las bicis. Superado ese tramo volvimos a sentarnos en ellas para afrontar el último tramo, algo más complicado pero ciclable. El caminillo desemboca en la carretera, justo por debajo de la antigua aduana, antes de la presa. 

Allí, bajo la marquesina de lo que fue la Aduana, nos esperaban los dos compañeros que habían realizado el tramo por carretera y que, según nos dijeron, llevaban allí un par de minutos.

Sin más demora, y de nuevo todos juntos, iniciamos lo que puede denominarse "la guinda del pastel", es decir, la subida a Miranda. Al cruzar el puente-presa pudimos contemplar una bonita vista de la localidad.


Casi al otro extremo del puente comenzamos a pisar terreno portugués y diez metros más allá comienza el largo ascenso: aproximadamente 150 metros de desnivel en unos 3 kilómetros.


Como solemos hacer en estas ocasiones cada cual fue cogiendo su ritmo, si bien no se abrieron grandes huecos entre unos y otros. Aparte de el tanto por ciento de ascenso nos enfrentábamos a otro enemigo, el calor, que a esa hora, sobre las 13.00 h. ya iba apretando.


Poquito a poco fuimos ganando kilómetros, disfrutando al mismo tiempo de las vistas del Duero, cuando los árboles abrían hueco y nos lo permitían. 


Y así, cuando nos quisimos dar cuenta estábamos pasando junto a la seña que indica que entramos en Miranda.


Al llegar a la rotonda no paramos y decidimos continuar hacia la Catedral, ya que disponíamos de algunos minutos.


En la Catedral nos hicimos una foto de grupo y, sin más demora, volvimos a montarnos sobre las bicis para ir hacia el Polideportivo Santa Luzia.


Días antes nos habíamos puesto en contacto con la Cámara de Miranda para solicitar que nos abrieran estas instalaciones para podernos duchar, y así lo hicieron. Un gran detalle que agradecemos enormemente a dicha Cámara. 


Nada más llegar al pabellón llegaron las Galanas con los coches, donde, aparte de los portabicis estaban nuestros bolsos, con la ropa y los útiles de aseo. Tras la ducha le dimos una propina a la persona que nos abrió las instalaciones, cargamos las bicis y nos fuimos hacia la parte vieja, para aparcar. Desde allí nos fuimos a tomar una cerveza, Super Bock, of course!


Desde allí fuimos al restaurante donde teníamos concertada la comida. Después de comer dimos un paseíto hasta la fortaleza, donde tomamos algo. Después, como seguía haciendo mucho calor, ya nos dirigimos a los coches para iniciar el regreso a Zamora y así poner fin a una estupenda jornada.


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