10 de marzo de 2024

Mucho viento y preciosas vistas

Un Domingo más fue el viento el que determinó hacia dónde debíamos ir, e indicó que hacia el oeste. Lo que no sabíamos es que se iba a mostrar tan fuerte, tan terco y tan molesto. Rodamos en esa dirección hasta un bonito mirador del Puente de Ricobayo, pero nos costó horrores llegar.


Los viajes y el mal tiempo diezmaron en esta ocasión al grupo y tan solo tres bikers acudimos a la cita de las 9.30 h. La temperatura no era fría, ocho grados, pero el viento se dejaba notar más de lo que nos hubiera gustado y era fresco, por lo que la sensación térmica era bastante menor.

Iniciamos nuestro camino bordeando el río, pero decidimos subir por la Cuesta de Pizarro y callejear algo por el casco antiguo. Terminamos bajando por San Martín, desde donde una cigüeña nos vigilaba desde su atalaya. 

Finalmente fuimos hacia Valorio, tomando en su inicio el carril bici, que abandonaríamos poco después para acceder al bosque desde la segunda entrada. Pasamos por un puente sobre el arroyo de Valorio, que bajaba como nunca, y continuamos recto para comenzar la subida que nos llevó hasta el alto de San Isidro. Allí continuamos por el llamado Camino del Monte. 

En esa zona comenzamos a notar los rigores del viento de cara. Era fuerte, pero además había ráfagas más potentes, así que costaba mover la bici más de lo habitual. Poco después pasamos por un viaducto sobre la Ronda Norte y seguimos sin cambiar de dirección, iniciando una larga recta repleta de ondulaciones.

Como un kilómetro después, tras una subida de una de esas ondulaciones, un biker dijo que se tenía que volver a casa porque la bici le había dejado de asistir. No le funcionaba el módulo donde se encuentran todas las funciones de la asistencia. Como estaba cerca de Zamora lo dejamos ir solo y continuamos los dos restantes adelante. 

La recta se terminó como dos kilómetros después de este incidente, giramos a la izquierda y llegamos al inicio de la bajada hacia Palomares.

Descendimos y nos adentramos en los dominios de esta gran dehesa sin cambiar de dirección, iniciando una subida, de unos cuatro kilómetros de ascensión continuada pero tendida. 

A pesar de que durante la semana había llovido en varias ocasiones y también lo había hecho el día anterior, el terreno estaba bastante decente, eso sí, la humedad de la tierra frenaba las ruedas y costaba más moverlas. Pero eso sí, esas lluvias continuadas durante las últimas semanas y las temperaturas, que no son muy frías, han logrado vestir al campo de verde.

En la zona de la dehesa, al ir entre arbolado, el viento se percibía menos, pero hicimos un ligero cambio de dirección hacia la izquierda, entramos en una zona abierta y sentimos su fuerza de frente. Entre el perfil, que era ascendente, la humedad del suelo y el viento, nos costaba un gran esfuerzo ir a más de 16 km/h.


Y a medida que transcurrían los kilómetros nos iba costando más, no sabemos si porque el viento soplaba con más fuerza, si por el cansancio, o por ambas causas. Menos mal que siempre nos quedaba la opción de mirar hacia los lados y encontrarnos con bonitas estampas.


Después de dos cambios de dirección iniciamos una larga recta, también con perfil ascendente. En este tramo la velocidad máxima a la que rodábamos estaba entre 13 y 14 km/h. Lo único que producía cierto alivio contra el viento era ponerse a rueda uno de otro. La diferencia no era abismal, pero algo se notaba. 

Cuando estábamos a punto de terminar esa recta la tierra del suelo se convirtió en arcilla y comenzó a pegarse a nuestras ruedas. A pesar de que comenzamos a rodar por los bordes, para pisar sobre las plantas que nacen espontáneamente y así evitar el barro, las ruedas iban engordando más y más. 

Finalizamos esa recta, giramos a la izquierda noventa grados y poco después realizamos otro giro igual pero a mano derecha, y allí mismo paramos para quitar arcilla porque las ruedas ya iban frenadas por el barro acumulado junto a la horquilla y en la parte trasera.

Una vez que quitamos lo que pudimos nos volvimos a subir a las bicis y a seguir luchando. Nos enfrentamos a otra recta, en esta ocasión de unos dos kilómetros. Terminó al salir a una carretera local, que une la N-122 con Almendra. Agradecimos enormemente rodar por asfalto, es como si, de repente, nos hubieran quitado un freno a nuestras ruedas. Pero eso sí, el viento no se doblegaba ni un ápice.

Recorrimos por la carretera unos dos kilómetros y llegamos a un cruce desde donde se puede ir hacia Muelas del Pan o hacia la N-122. Nosotros tomamos un camino asfaltado que partía junto a la carretera que da acceso a dicha N-122. Desde el primer momento era descendente y no tardamos en llegar a una zona más abierta desde donde se contemplaba una vista panorámica del Embalse de Ricobayo.

Tras descender más de un kilómetro y medio llegamos a una pequeña península en la que había una roca, tras ella ya estaba la orilla del embalse, bastante alto, ya que se encuentra en torno al 70% de su apacidad. 

Las vistas desde allí nos resultaron espectaculares, sobre todo la del puente de Ricobayo, con ese gran arco que lo caracteriza, de 168 m de luz.

Hacia el otro lado la vista también era muy bonita, con las aguas hoy embravecidas y con un cielo repleto de nubes para romper la monotonía del azul.

Como hacía malísimo no demoramos la partida, y tras hacer las fotos nos subimos a la bicis y a por la subida. Poco a poco fuimos ganándole metros y en unos minutos la habíamos coronado, llegando de nuevo al cruce. Tomamos la carretera de Valdeperdices por la que habíamos venido, seguimos por ella unos cientos de metros y nos desviamos ligeramente a la derecha.

Aquello nos pareció Jauja. El terreno picaba hacia abajo y, empujados, por fin, por el viento, rodábamos a más de 30 km/h sin ningún esfuerzo. Pero para que todo no fuera tan idílico, tras la bajada vino una subida y así se encadenaron dos o tres más. La recta que estábamos siguiendo, después de tres kilómetros llego a su fin, giramos a la derecha y poco después cruzamos la N-122. Al otro lado nos esperaba un camino con dos roderas que nos condujo a otra pista, que tomamos girando a la izquierda.


La lluvia que se anunciaba para las 11 no llegó, había momentos de más o menos nubes, y de más o menos sol, y eso provocaba claroscuros en los campos de cereales, pero por suerte los chubascos no llegaron.

La pista por la que rodábamos ahora está trazada en paralelo a la N-122. También cuenta con algunos sube y bajas, pero las subidas con el viento ayudando son mucho menos subidas. 

Recorrimos por ella unos seis kilómetros, tras esta distancia el camino hace una curva a la izquierda. Al salir de dicha curva teníamos previsto girar a la derecha pero esa opción nos llevaría a tener que cruzar el Arroyo de la Fresneda. Como imaginamos que traería mucha agua, no quisimos arriesgar, evitamos ese giro a la izquierda, seguimos de frente y cruzamos de nuevo la N-122, justo a la altura del cruce de El Campillo. Continuamos en paralelo a la carretera por un senderito a lo largo de unos quinientos metros, tras los que giramos a la izquierda. Este camino está delimitado por sendas vallas, una a cada lado, y cruza la Dehesa del Puerto. Al principio cuenta con tierras de cultivo a ambos lados, pero poco después empezamos a encontrar preciosas y centenarias encinas tras esas vallas.

Más adelante se inicia un bonito descenso cruzando un gran pinar. El descenso termina en una vaguada en la que se suele acumular bastante agua.

Nada más cruzar esa zona de acumulación de agua el camino gira hacia la izquierda y se inicia una subida atravesando un bonito bosque, fundamentalmente de pino.

El ascenso, de casi un kilómetro, nos dejó justo en el punto donde, hacia la izquierda, se inicia la bajada a Palomares. Continuamos recto pisando un tramo por el que habíamos rodado un par de horas antes en sentido contrario. Pero al llegar al Camino del Monte, a nuestra derecha, no lo tomamos y continuamos recto dirección La Hiniesta. Enseguida llegamos a las primeras viviendas, nos incorporamos a la carretera, cruzamos el pueblo y tomamos el camino habitual que la mayoría seguimos para ir a Zamora. 

Con la inestimable ayuda del viento, los kilómetros se iban sucediendo rápidamente, y en pocos minutos estábamos en el Cristo de Valderrey y poco después entrando en Valorio. Tomamos un tramo del carril bici, pero a la altura del Puente Croix continuamos recto.

Atravesamos el bosque y seguimos por el paseo central, nos desviamos a la derecha, accedimos al área de autocaravanas y, tras cruzar la N-122 retomamos el carril bici, por el que continuamos hasta poco antes del Puente de Piedra, al tener que acceder a la carretera porque estaba inundado el paso bajo el primer arco del puente, no es de extrañar porque el río bajaba muy alto.

Continuamos por el barrio de la Horta y al llegar a Balborraz nos incorporamos a esta calle y ascendimos por ella hasta la Plaza Mayor. Y es que teníamos el antojo de tomar en el Restaurante El Horno un caldo. Allí nos esperaban, porque los habíamos avisado, el bíker de la avería y dos galanas. Tras tomar algo volvimos a las bicis y continuamos hasta el punto de salida y desde allí cada uno a su casa, a tratar de que la ducha fuera reparadora porque realmente estábamos cansados.


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