Hace unos días un amigo, conocedor de la zona de Villaseco, nos dijo que cerca de esta localidad había un lugar desde donde se podía ver la Cascada de Gáname y más adelante, junto a Peña el Carro, había otro que permitía ver las Cascadas de Abelón, ambas desde la margen opuesta a estas caídas de agua. Nos encantó la idea de visitarlas y hoy la hemos hecho realidad.
Nos pareció que el lugar ideal para iniciar la ruta era Muelas del Pan, y hacia allí nos dirigimos cinco bikers en tres coches. Partimos de Zamora a las 9.30 y como media hora después estábamos aparcando. Después de los preparativos tomamos un café en el Bar Tomasita. Una vez terminado este estábamos preparados para comenzar.
Y lo hicimos sobre las 10.10 h. Había 4º y viento del oeste, lo que generaba una sensación térmica menor. Pero eso sí, había un sol espléndido, desconocido para todos nosotros después de las diez borrascas encadenadas que hemos soportado desde que comenzó el año.
Comenzamos subiendo hacia el pueblo por una cuesta que se nos atragantó a todos, por ser muy empinada y porque aún estábamos fríos. Pasamos junto a la iglesia y continuamos recorriendo alguna de sus calles.
También pasamos junto al moderno Ayuntamiento y la infrautilizada Estación de Autobuses, que está detrás de ese y ya a las afueras de la localidad.
Salimos de Muelas por un camino de tierra rojiza. No sabíamos cómo iba a estar este y el resto, pero fue una sorpresa rodar por él sin gota de barro.
Poco más de un kilómetro más adelante giramos noventa grados a la derecha y seguimos por otro camino de distinto material pero igual de bueno que el anterior. Estábamos pletóricos por poder volver a retomar estas rutas entre semana que tanto nos gustan y que a tantos lugares estupendos nos han llevado.
Además, hoy, con la luz que había todo lucía mucho más. Y es que el campo está ya comenzando a ponerse de gala, de verde primavera.
Nos dirigíamos a Almaraz y para llegar hasta allí cambiamos varias veces de dirección, enfrentándonos a sucesivas rectas que iban alternando ligeras subidas y las consiguientes bajadas. Eso sí, el viento nos molestaba mucho, era fuerte, sobre 15 km/h con rachas de hasta 35 km/h. y nos iba dando de costado.
Después de unos ocho kilómetros, tras un giro de noventa grados hacia la izquierda comenzamos a descender con una panorámica del pueblo de Almaraz al fondo.
Como es habitual, pasamos junto al que suele ser el edificio de mayor importancia arquitectónica de la localidad, concretamente esta es del siglo XVI y se llama del Salvador.
Otra edificación importante junto a la que pasamos fue la fuente romana que está situada muy cerca de la iglesia.
Desde allí nos dirigimos a una calle por la que abandonamos este pueblo. Y lo hicimos subiendo por una cuesta que se prolongó prácticamente dos kilómetros. Además, como íbamos dirección sur el viento nos volvió a molestar lateralmente y nos frenaba.
Terminado el ascenso disfrutamos de los réditos bajando hasta que un cambio de dirección hacia la derecha nos introdujo en una subida. En ella el viento nos daba frontalmente y, entre una circunstancia y la otra, nos costaba coger velocidad.
La recta que estábamos recorriendo, trazada en paralelo al río Duero, fue encadenando subidas y bajadas a lo largo de unos tres kilómetros.
Tras recorrer estos entramos en la siguiente localidad de paso, Villaseco del Pan, un pueblo con mucho encanto, donde abundan las edificaciones en piedra.
Este material es el protagonista no solo de las viviendas sino de las paredes que dividen las fincas, algunas dentro del casco urbano del pueblo. Realmente recorrimos menos de la mitad del pueblo porque nos desviamos por una calle a la derecha que nos alejó del mismo.
Después de algo menos de 500 m por una estupenda pista hicimos un giro a la derecha, y otros 500 m después hacia el lado contrario.
Iniciamos así un descenso más pronunciado hacia el río. Al principio el camino era ancho, pero unos cientos de metros más adelante terminó siendo un senderito con alguna que otra roca aflorando a la superficie.
Cuando vimos que no podíamos seguir avanzando con la bici nos paramos, descendimos de ellas y seguimos avanzando hacia el río unas decenas de metros. Ya veíamos la parte alta de la cascada, pero enseguida pudimos contemplar el resto, la parte que vierte al Duero. Nos encantó.
En realidad se trata de la Rivera de Fadoncino o Arroyo de las Llagas, las mismas aguas sobre las que están construidos el Puente de la Albañeza o el de Fadón. Imaginamos que se le llama Cascada de Gáname porque por esta localidad pasa una de las riveras que se van uniendo formando una de mayor entidad antes de precipitarse hacia el río.
La vista de la cascada habría sido mejor si hubiéramos descendido caminando algo más, pero calculamos que tendríamos que invertir un tiempo extra que después nos penalizaría el resto de la ruta. También lucirá más en las horas centrales del día, cuando le dé de lleno la luz del sol.
Nos pareció que era un buen lugar para hacer un selfie de los participantes y así lo hicimos.
Tras el posado tocó desandar el camino, es decir, darse un buen calentón porque habíamos descendido bastante en poco menos de un kilómetro.
De nuevo en el punto donde nos habíamos desviado hacia el mirador, giramos a la izquierda y continuamos ascendiendo, eso sí, disfrutando de las vistas de las vistas.
Cambiamos pronto de dirección, hacia la derecha y unos cientos de metros más adelante tocamos de refilón la parte final de la localidad de Villaseco. Allí llamó nuestra atención un palomar y la pared de delante, hecha con verdadero esmero.
Un nuevo giro nos llevó a una recta en la que descendimos algo para, enseguida, volver a subir y a bajar.
Ese último descenso nos llevó hasta un cruce de caminos en el que nosotros continuamos hacia la izquierda, lo que nos permitió seguir bajando algo más de quinientos metros.
Se trataba de llegar a un lugar con una buena vista del Duero. Hicimos una parada donde terminó el camino y desde allí obtuvimos una buena panorámica del río, aguas arriba, en esta época muy embarrado y con un nivel muy alto después de haber recogido la gran cantidad de lluvia acumulada desde enero en toda su cuenca.
También la vista era buena aguas abajo. La parada fue breve, disfrutamos unos minutos del lugar y enseguida emprendimos el regreso al cruce de caminos donde nos habíamos desviado.
Para llegar a él tocó ascender todo lo bajado anteriormente, pero eso sí, multiplicado por tres, al menos esa es la sensación que tuvimos, que la subida era mucho más larga que la bajada.
La subida no concluyó en el cruce, continuamos recto y ascendiendo otro tanto. Y también seguimos ascendiendo después de girar hacia la izquierda a lo largo de otro kilómetro. Para distraernos íbamos mirando el paisaje, que nos seguía encandilando. Parecía más propio de Sayago que de la Tierra del Pan, pero claro, realmente en esta zona ambas comarcas están muy próximas, solo las separa el río.
Otro giro, de nuevo a la izquierda, nos permitió descender algo pero era un caramelo envenenado porque según terminó la bajada comenzó una subida importante. Además, desde que habíamos dejado atrás Villaseco el viento nos iba castigando constantemente, bien frontal o bien lateralmente.
Y volvimos a bajar, a subir y, en ese punto ya sí, giramos a la izquierda y cambiaron las tornas...
Empezó el descenso a Peña el Carro en el que hay tramos con una inclinación importante. El biker que iba el primero no se dio cuenta de que antes de terminar la bajada teníamos señalado un pequeño desvío. El resto sí fuimos fieles al track y junto a la curva de casi 180º que hay en dicha bajada dejamos nuestras bicis y continuamos andando porque no había camino.
Seguimos caminando entre las escobas y las encinas hacia el río. Nuestra intención era ver las Cascadas de Abelón desde la orilla opuesta. Unos doscientos metros después lo logramos. Nos encantó lo que vimos, y es que siempre las habíamos contemplado desde su base y, evidentemente, apenas hay perspectiva. La visión desde este lugar es mucho mejor.
Regresamos adonde teníamos las bicis y allí estaba ya el quinto biker. Nosotros seguimos el descenso hacia Peña el Carro, de la que nos separaban apenas trescientos metros, y él fue a contemplar lo que terminábamos nosotros de ver.
Fuimos sobre las bicis hasta donde pudimos. Descendimos de ellas y seguimos a pie bordeando la enorme roca.
Desde la otra cara pudimos ver una imagen menos conocida de esta mole, si bien lo mejor está a sus pies, y son las espectaculares vistas que se pueden contemplar desde esa atalaya.
Que no son otras que la desembocadura del río Esla en el Duero (en la imagen el Esla es el de la derecha). Este es su afluente más caudaloso, de hecho hay un dicho que dice lo siguiente: "El Esla lleva el agua y el Duero la fama".
Después de gozar con estas vistas no quedó otra que subirse de nuevo a las bicis. Por delante teníamos una ascenso que se prolongó a lo largo de unos cinco kilómetros, encontrándose en el primer kilómetro y medio el tramo más duro con pendientes que, en algunos puntos, llegan al 16%.
La parte buena es que por fin el viento nos ayudaba y ese pequeño impulso que nos daba por la espalda se agradecía y nos permitía rodar a una buena velocidad a pesar de ir ascendiendo.
Después de esos cinco kiómetros cambiamos de dirección hacia la izquierda y poco más adelante hacia el lado contrario, descendimos algo pero pronto atravesamos una zona cuyo perfil asemeja a un diente de sierra. Terminó ese tramo de unos cuatro kilómetros muy cerca de Villaseco, de nuevo, pero antes de llegar al pueblo giramos a la izquierda y, unos doscientos metros después, de nuevo hacia el mismo lado, entrando así en una recta muy larga, de unos seis kilómetros, que nos llevaría casi hasta Muelas del Pan.
Poco después de entrar en esa recta pudimos contemplar en la lejanía esa localidad, su presa y el puente de la N-122.
Ese tramo fue un auténtico rompepiernas, porque no había tramos llanos, solo eran subidas y bajadas, una tras otra.
Eso hizo que el grupo se fuera partiendo porque cada uno iba al ritmo al que se sentía cómodo. Eso sí, de vez en cuando nos reagrupábamos.
Los kilómetros iban avanzando pero no al ritmo que nos habría gustado, y es que el viento en esa recta volvió a hacer de las suyas, y nos iba frenando mucho.
Ya a las puertas de Muelas del Pan nos desviamos hacia la izquierda, siguiendo por un camino poco marcado y en el que aún se acumulaba bastante agua. En este tramo un perro saltó la valla de la finca en la que se encontraba y trató de atacarnos. A base de voces logramos disuadirlo.
Este camino nos llevó a pasar por una calle del pueblo que se encuentra en uno de sus extremos, pero enseguida se terminaron las edificaciones y continuamos nuestra marcha por tierra.
Este camino, por el que descendimos como un kilómetro y medio, en sus comienzos era ancho, más adelante solo constaba de dos roderas y estaba rodeado de escobas.
Más adelante las escobas prácticamente se habían adueñado del camino. La pendiente se fue haciendo más fuerte al tiempo que el camino iba describiendo un sinuoso trazado.
Y finalmente llegamos a nuestro objetivo, que no era otro que ver de cerca el aliviadero de la Presa de Ricobayo y una perspectiva distinta de dicha presa.
Disfrutamos unos minutos de la vistas y no demoramos el momento de subirnos a las bicis de nuevo. Nos daba pereza tener que ascender todo lo bajado pero el final estaba tan cerca que servía de motivación.
Subimos poco a poco el kilómetro y medio que era como una penitencia final que nos llevó de nuevo hasta el pueblo. Una vez en este nos "dejamos caer" y enseguida llegamos al punto desde el que habíamos salido. Y lo hicimos con la sensación de haber protagonizado una espectacular ruta.
Después de cambiarnos y asearnos en la medida que pudimos, brindamos por el recorrido realizado con una cerveza y sin demora nos dispusimos a comer en el
Restaurante Tomasita, donde estuvimos muy a gusto y comimos muy bien.
Para descargar la ruta haz clic en el logo de Wikiloc.
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