26 de febrero de 2026

Sofreral y desembocadura del Esla desde Villalcampo

El jueves pasado disfrutamos mucho de la ruta, por eso pensamos que podíamos repetir zona y así lo hemos hecho. Diseñamos un recorrido que, partiendo de Villalcampo, fuera hacia Carbajosa, haciendo antes una incursión para contemplar el Duero, y seguir hacia Cerezal de Aliste, atravesar el Sofreral y para terminar, descender hacia la desembocadura del Esla para observarla desde la orilla opuesta a desde donde lo hicimos la semana pasada. 

Las 9.30 h nos pareció una hora apropiada para partir de Zamora. Los seis bikers y los tres coches quedamos a la salida de la capital. Ya en ruta hicimos una parada en Ricobayo para tomar allí café, porque el bar de Villalcampo cierra los jueves.

Ya en esta localidad, aparcamos en una plaza, descargamos, nos preparamos y comenzamos a pedalear a las 10.15 h, aproximadamente. Por si alguien no la conoce, hay que decir que en pocas localidades hay tantas viviendas y paredes para delimitar fincas de piedra tan primorosamente colocada. Para muestra un botón: 



De hecho, las primeras pedaladas nada más salir del pueblo fueron entre paredes de fincas.


También entre paredes estaban los primeros espectadores que nos contemplaban con interés. Bueno, no todos...


Tras algo menos de dos kilómetros por ese camino apenas marcado y con algún tramo con bastante agua y barro, salimos a la carretera que une Villalcampo con Carbajosa. Como un kilómetro más adelante pasamos junto a la Ermita Virgen de la Encarnación, que tiene proporciones de iglesia más que de ermita.  


Poco más de un kilómetro más adelante, y ya con el pueblo de Carbajosa a la vista, nos desviamos hacia la izquierda para continuar por un camino. 


Poco después de entrar en él comenzamos a descender suavemente y atravesando un bonito entorno compuesto fundamentalmente de encinas. 


A medida que avanzábamos la cuesta abajo iba ganando en pendiente. Después de un kilómetro descendiendo pudimos ver la primera imagen del Duero mirando hacia nuestra izquierda. 


Seguimos descendiendo más, siendo la última bajada que hicimos muy inclinada. Al llegar a una curva paramos y decidimos no seguir bajando, más que nada porque después había que subirlo y las vistas del río no iban a ser mucho mejores.


Desde allí pudimos contemplar una buena panorámica del Duero, aún con las aguas muy enturbiadas por las recientes lluvias. En ese punto ya se le ha unido el Esla y ya ha superado la Presa de Villalcampo.


Ascender esa última cuesta nos hizo subir las pulsaciones, no en vano tenía un porcentaje del 20 y 21%. Desde allí ya se fue suavizando algo la pendiente. Unos cientos de metros antes de llegar al punto donde habíamos abandonado la carretera nos desviamos hacia la izquierda para descender hacia Carbajosa, adonde llegamos enseguida. 


Como ya es tradición, hicimos un pequeño recorrido por el pueblo, ascendimos a su parte más alta, pasamos junto a la iglesia y lo abandonamos por un camino que parte hacia la derecha justo al lado de la carretera que va a Pino.


Este camino poco marcado y ascendente tenía muchos tramos con bastante agua y barro acumulado por lo que se rodaba bastante mal, había que pedalear fuerte para despegar la rueda del suelo.


Cuando habíamos avanzado como un kilómetro vimos que un biker no venía. Se fue otro a buscarlo e instantes después nos llamó el primero para decir que se había despistado y que seguía por la carretera de Pino ya que poco más adelante íbamos a pasar nosotros por ella. Pero claro, tuvimos que esperar al que había ido a buscarlo, así que entre unas cosas y otras perdimos unos minutos. 

Y, efectivamente, un kilómetro más adelante, salimos a la carretera. Ya todos juntos comenzamos un descenso. Un par de vacas nos observaron desde la cuneta y una, que tenía los terneros en la cuneta opuesta, nos miró mal y vino hacia nosotros. Paramos e instantes después las dos cruzaron la carretera y ya con los terneros siguieron avanzando por un camino. 


Cinco bikers avanzaron pero cuando lo iba a hacer el último las dos vacas y las dos terneras, asustadas y al galope, volvieron a cruzar la carretera, así que no le quedó otra que frenar y dejarlas pasar. 


Tras la bajada vino un ascenso tendido. Antes de que terminara abandonamos el asfalto desviándonos a la derecha. En esta zona no había camino, era una pradera de un verde precioso en la que nos íbamos guiando por el track del GPS. Pero lo malo no era eso, sino que al rodar sobre la hierba iba saliendo agua. En otros tramos íbamos rodando directamente sobre cinco o diez centímetros de agua. 


Poco a poco íbamos avanzando pero costaba mucho mover las ruedas, tanto que si a cualquiera de nosotros nos hubieran preguntado cuántos kilómetros habíamos recorrido por esta zona habríamos respondido que mínimo 4, sin embargo no llegaron a 2. Se nos hicieron largos.

Finalmente, un giro a la derecha nos llevó a un camino de los de verdad y unos cientos de metros más adelante un cambio de sentido hacia la izquierda nos introdujo en una verdadera autopista de buen firme, suelo seco y por donde se rodaba de maravilla. Además, tras una ligerísima subida al principio, comenzamos a descender y lo hicimos a lo largo de un kilómetro, hasta llegar a la N-122, a la altura del cruce de Cerezal de Aliste. 


Seguimos de frente por la carretera que va a esta localidad y continuamos bajando hasta el desvío hacia el pueblo. 


Entramos al pueblo, avanzamos por un par de calles y llegamos a una especie de barranco desde donde había una buena panorámica del resto de la localidad. 


Desde ese punto descendimos para dirigirnos a esa otra mitad del pueblo y una vez allí tocó subir de nuevo para llegar a la iglesia. 


Frente al campanario un edificación redonda realizada sobre el tejado de otra llamó nuestra atención. Suponemos que será un palomar. 


Desde allí nos dirigimos hacia la salida del pueblo. Dejamos atrás las últimas casas rodando por un camino estupendo. Íbamos ascendiendo ligeramente y comenzamos a estar rodeados de alcornoques. Acabábamos de entrar en Sofreral de Cerezal, un bosque de alcornoques que recibe ese nombre porque en esta zona a ese árbol se le llama sofrero.

Un kilómetro más adelante comenzamos a descender atravesando esta masa boscosa, la más grande de Castilla y León de esta especie y la más septentrional de la Península Ibérica, resistiendo en esta zona condiciones más frías de lo habitual para este árbol.


La mayoría de los alcornoques están desprovistos de su corteza (corcho) porque son "pelados" cada 9 o 10 años, el tiempo necesario para que se regenere con el grosor y la calidad suficientes para su comercialización, especialmente para la fabricación de tapones.


El corcho extraído de estos árboles ha sido históricamente fundamental para la economía del pueblo. De hecho, cuenta con el Centro de Interpretación del Corcho para divulgar esta tradición.

Nuestro recorrido por este paraje se alargó casi cinco kilómetros desde que salimos del pueblo y, salvo la cuesta inicial a la que nos referimos, el resto fue cuesta abajo, lo que nos hizo disfrutarlo aún más. 


Tras este tramo un giro a la derecha nos introdujo en otro camino, pero este ascendente. A ambos lados aún había bastante arbolado, pero también jaras. 
 

A medida que fuimos avanzando, la cuesta se alargó como un kilómetro, fue cambiando la vegetación, desaparecieron los árboles y nos rodeaba el bosque bajo, fundamentalmente jara.


Terminada la ascensión tocó bajar y lo comido por lo servido, habíamos subido un kilómetro y descendimos otro tanto. 


Al terminar la bajada el track nos indicó un giro a la derecha para seguir por un camino estrecho y muy inclinado. Todos lo intentamos pero no logramos ascender mucho más de los cien primeros metros no solo por la inclinación, sino porque dos grandes roderas hacían casi imposible seguir. No nos quedó otro remedio que bajarnos y tirar de la bici. 


En cuanto pudimos volvimos a sentarnos sobre los sillines aunque en algún tramo las escobas casi cerraban el camino. La subida ni siquiera llegó a un kilómetro, pero nos cundió como si fueran algunos más. Aún así nos gustó mucho la zona. Además, desde la parte alta había vistas del Embalse de Ricobayo.


Cuando ya creíamos haber superado todas las dificultades nos encontramos con una zona con mucha agua embalsada. No quedó otra que atravesar por donde menos agua había. Aún así, bendito Goretex.


Seguidamente, tras un ligero giro a la izquierda, entramos en un camino aparentemente bueno. Además mirando desde él hacia los lados tus ojos podían premiarte con vistas como esta: 


Nos restaba un kilómetro para llegar a la N-122. En ese tramo encontramos zonas con mucho barro pero pudimos eludirlo rodando por los lados del camino. 


Al llegar a la nacional solo teníamos que cruzarla y abrir una cancela. Alguien leyó un cartel que había detrás de esa que decía "Coto privado de caza". El que iba el primero oyó privado y no esperó más, siguió con su bici por el arcén de la carretera y en dirección opuesta a lo que nos indicaba el track. Tres más lo siguieron y dos nos quedamos, abrimos la cancela y pasamos al otro lado del vallado. 

Desde allí los llamamos por teléfono pero ya habían avanzado bastante y dijeron que seguían por carretera. Pero uno decidió venir a nuestro encuentro así que tuvimos que esperarlo unos minutos. 

Ya los tres juntos seguimos por nuestro track, al principio por un tramo poco marcado, después por un camino con dos roderas bien definidas y con alguna zona con mucho barro del que se pegaba, pero por suerte en cuanto se salía de él se despegaba de las ruedas. 


Después de algo más de dos kilómetros desde la carretera, hicimos un giro de casi noventa grados a la izquierda, entrando así en un camino maravilloso, de esos blanquecinos que siempre están secos y tienen buen firme. 


No es que fuera llano, pero se iban alternando ligerísimas subidas y bajadas así que íbamos avanzando rápido. No tardamos en ver la silueta de Villalcampo y a medida que nos fuimos acercando al pueblo empezamos a encontrarnos de nuevo con paredes de piedra delimitando las propiedades. 


Ya muy cerca de esta localidad un precioso puente de lajas nos dio la bienvenida, y de qué modo...


Poco más adelante dejamos el camino y nos desviamos ligeramente a la izquierda para dirigirnos el centro de la localidad. 


Recorrimos varias calles y nos encaminamos hacia la parte izquierda del pueblo. Uno de los tres bikers decidió quedarse en el pueblo porque el eje pedalier le iba haciendo un ruido extraño. Allí estaba ya también uno de los tres que habían llegado por carretera, este había decidido no ir a la desembocadura del Esla, que era el colofón de esta ruta. 

Para ir hacia allí, nada más salir de Villalcampo nos encontramos con un camino estrecho, de hierba, y con agua, con mucha agua por todas partes. 


El caso es que este tramo fue de unos 2,5 km y de perfil descendente, pero se nos hizo eterno porque era imposible coger velocidad ya que había piedra aflorando que había que esquivar y para no salir de allí hechos unos cirineos. 


Superado ese tramo el resto ya fue otro cantar. Continuamos descendiendo pero, además, por un camino de tierra y sin apenas charcos o barro. 


Tras cuatro kilómetros desde que habíamos salido de Villalcampo nos enfrentamos al último tramo, una bajada mucho más pronunciada. En ella nos encontramos, ya subiendo, a los dos bikers que habían llegado a Villacampo por carretera y que  iban por delante de nosotros. 


Al llegar abajo hay un pequeño promontorio en el que han puesto tres barandillas a modo de mirador. Se trata del llamado Castillo de los Pueyos (a pesar del nombre se trata de un roquedo). Desde allí, mirando a la derecha, pudimos ver los últimos metros del río Esla antes de entregar sus aguas al Duero.


Dirigiendo nuestra mirada al centro pudimos ver la desembocadura, justo frente a Peña el Carro, desde donde lo hicimos la semana pasada. 


Antes de volver a subirnos a las bicis miramos hacia la derecha, donde estaba el Duero, ya engrandecido, dirigiendo sus aguas hacia la cercana Presa de Villalcampo. 


No nos demoramos más allí porque ya habían pasado las 13.30 h y aún teníamos que ascender hasta Villalcampo. Debíamos desandar el camino que nos había llevado hasta allí. El tramo más duro es el primero, con porcentajes de subida que llegan al 15%. Poco a poco fuimos avanzando y, superado ese tramo, la ascensión se suaviza siendo bastante más cómoda. 


Cuando llegamos al punto donde teníamos que coger el tramo de tanta agua y piedra hicimos una parada para comprobar en el GPS a dónde nos llevaría el camino que llevábamos si siguíeramos por él. Comprobamos que también llegaba al pueblo y continuamos por él. Fue un gran acierto evitar el otro porque, a pesar de que continuamos subiendo, llegamos a Villalcampo cuando los dos bikers que iban por delante no llevaban allí ni cinco minutos.

Por suerte, a la entrada del pueblo hay un par de mangueras a presión que funcionan con monedas de 0,50 euros. Aprovechamos para lavar las cuatro bicis. En cuanto terminamos, nos cambiamos, las cargamos en los coches y nos dirigimos a Muelas del Pan para comer de nuevo en el Restaurante Tomasita. Tras la comida pusimos fin a esta estupenda jornada. 




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