9 de abril de 2026

Oliveiras, castelo dos mouros e miradouros

Hemos puesto el título de esta entrada en portugués (olivos, castro de los moros y miradores) porque la ruta que hemos realizado se ha desarrollado íntegramente en el país vecino, en concreto en el municipio de Mogadouro, distrito de Bragança. Hemos pasado por distintas "freguesías", pero también por un castro y por tres miradores. 

La ruta la comenzamos en Algosinho, la localidad más cercana a Zamora de todo el recorrido. Se trata de un pequeño pueblo distante de nuestra capital unos 90 km, si bien se tarda casi una hora y media en recorrerlos, por ello quedamos a las 8.15 h para cargar las tres bicis en un coche, una en el maletero y las otras en el portabicis. Un cuarto de hora más tarde iniciamos el viaje. 

Al pasar por la localidad de Bemposta paramos en el Bar O Emigrante, donde tomamos un café que estaba buenísimo y reservamos para comer a las 13.30, hora portuguesa. 

Desde allí continuamos en coche hasta Algosinho. Al llegar aparcamos junto a la bonita iglesia, de San Andrés, de la que se sabe que en el S. XVI formaba parte del monasterio de Castro de Avelãs. 


Después de descargar y prepararnos iniciamos la marcha sobre las 10.20 h. La temperatura era buena, unos 10º y, a pesar de que por el camino habíamos tenido bancos de niebla, allí lucía un sol espléndido.

Teníamos miedo de que hubiera barro porque los dos días anteriores había llovido, pero enseguida comprobamos que la tierra estaba mojada pero sin más. Nada más dejar el pueblo atrás comenzamos a ascender. 


El paisaje que íbamos viendo era de los más agradable, con tierras aradas, otras sembradas, algunas en barbecho y mucha vegetación. Bordeando el camino íbamos encontrando robles, aún desprovistos de su manto de hojas. 


Después de unos tres kilómetros de ascenso suave hubo compensanción y bajamos hasta una vaguada. Allí mismo tuvimos que realizar un giro de casi 180º y nos enfrentamos a una cuesta casi imposible. Aún así lo intentamos y algo subimos pero comenzó a haber piedras y, al estar mojadas, las ruedas patinaban. Esos patinazos propició que dos de los tres bikers cayeran en parado sobre las zarzas del borde del camino. A partir de ese punto continuamos con las bicis en la mano unos doscientos metros.


En cuanto el firme y el perfil nos permitieron coger pedal volvimos a sentarnos en las bicis y continuamos pedaleando. Seguimos subiendo, pero más moderadamente. Eso sí, el camino no podía ser más bonito. 


Tras otro giro muy pronunciado comenzamos a pedalear por una zona con la vegetación mucho más abierta. Siguiendo por esta terminamos saliendo a una carreterita local. 


Rodamos por ella un poco menos de un kilómetro porque la abandonamos tomando un camino hacia la izquierda.


Este camino nos llevó a una zona en la que comenzamos a encontrar paredes de piedra delimitando fincas, algunas daba verdadero gusto verlas. 


Esas piedras que conforman esas paredes son de granito y enseguida comenzamos a encontrarnos grandes rocas del mismo material aflorando en la superficie. 


Enseguida entramos en la primera localidad de paso, Vila de Ala. Atravesamos, como es habitual, de lado a lado el pueblo, y en la parte más alta del mismo nos encontramos con una gigantesca mole de granito. Por algo este es un lugar de canteros. 


Salimos de esta localidad  y no tardamos en cruzar una carretera, si bien continuamos de frente. Seguimos sin cambiar de dirección casi cinco kilómetros en los que fuimos descendiendo prácticamente la totalidad.


Tanto el camino, como lo que íbamos viendo alrededor nos iba gustando, y es que está todo tan verde que, se mire a donde se mire, es una gozada. 





Después de esos cinco kilómetros, sin ninguna tregua en forma de llano, comenzamos un nuevo ascenso. Poco más adelante cambiamos de dirección hacia la izquierda y enseguida nos sumergimos en un cerrado bosque de pinos. 


Este ascenso se prolongó algo más de dos kilómetros y medio. Los pinos desaparecieron y fueron reemplazados por jara. Antes de culminar la subida hubo un pequeño descenso, si bien enseguida se cambiaron las tornas. 


Pasamos junto a un camino que partía a la izquierda y nos desviamos porque sabíamos que, como cien metros más adelante, estaba la mayor altura de la zona, Calhau Grande. Para demostrarlo había un vértice geodésico. Alguno no resistió la tentación de subirse a él... 


Desde allí algo de visión se ganaba así que aprovechamos para hacer una foto de las vistas.


Enseguida regresamos al camino del que nos habíamos desviado y comenzamos a descender. Y fue una bajada generosa porque se prolongó a lo largo de unos tres kilómetros. Es cierto que no era un descenso continuo, de vez en cuando aparecían pequeñas subiditas, pero la tónica general era de bajada. 


Aunque ya habíamos encontrado olivos a nuestro paso, por esta zona comenzaron a ocupar una buena parte de las tierras de labor. También el tipo de suelo era muy diferente al que habíamos visto en las tierras a lo largo de los primeros kilómetros de la ruta.


Pero no solo íbamos encontrando olivos, también vides, cerezos, almendros, e incluso castaños de gran porte, como los de la foto, aunque nos dio la impresión de que estaban pasando una enfermedad. 


Tras esos tres kilómetros llegamos a la siguiente localidad de paso: Vilarinho dos Galegos. En su plaza encontramos todos los árboles decorados con mantos de ganchillo. 


En frente encontramos la iglesia, muy "portuguesa", con la espadaña de piedra y la nave central enfoscada y pintada de blanco, donde resaltan los contrafuertes, de granito también. 


Junto a la iglesia se encuentra el cementerio. En la pared del mismo nos encontramos con este relieve adosado a su pared. Nos pareció que podía ser parte de una estela funeraria.


Nada más salir del pueblo, nos topamos a nuestra izquierda un valle forjado por la Ribeira de Cima y al otro lado una gran mas granítica formando una especie de cañón.


Descendimos por un camino estupendo como un kilómetro rodeados mayormente de olivos. 



Pero pasado ese kilómetro se cambiaron las tornas y tuvimos que subir algo más de medio kilómetro. Tras esta subida volvimos a bajar unos cientos de metros hasta el Castelo dos Mouros, también conocido como Castro de Vilarinho dos Galegos. Este se encuentra en un alto y este emplazamiento le proporciona una excelente defensa natural en tres cuartes partes de su perímetro por lo escarpado de la zona. 

En la parte más vulnerable había, y aún hoy se pueden ver, una gran barrera de "pedras fincadas", piedras hincadas de cuarzo, cuyos bordes eran afilados y que dificultaban el avance de personas y animales. 


Después de estas piedras había un foso, y a continuación una muralla que tenía unos nueve metros de altura en la base. De ella aún se conserva parte. 


También había una torre dentro del recinto, probablemente circular de la que también se puede observar una parte. El conjunto ha recibido una actuación y cuenta con escaleras, paneles informativos y flechas para guiar la visita. 

Unas decenas de metros por detrás de este conjunto arqueológico hay un mirador desde el que pudimos ver el Duero. Una gran piedra caballera hace más bonita aún la vista. 


Después de la visita volvimos a subirnos a las bicis y nos encontramos que la ruta que habíamos diseñado nos metía en un senderito más apto para caminantes que para ciclistas. Aún así nos mantuvimos fieles al track. Efectivamente, el sendero no era ciclable, al menos en sus primeros metros, pero sí muy bonito. Con las bicis de la mano comenzamos a descender por el empinado caminito. Eso sí, en cuanto pudimos nos volvimos a sentar sobre nuestros sillines, si bien tuvimos que apearnos en algún tramito más. 


Bajamos hasta que cruzamos por un puente de madera la Ribeira de Cima. Ya del otro lado, a unos pocos metros, entramos en un camino en condiciones. En total el tramo "malo" fueron unos cuatrocientos metros. 


Por lo que nos pareció una autopista empezamos a ascender y lo hicimos, salvo por un pequeño tramo descendente hacia la mitad, a lo largo de dos kilómetros. En ese tramo nuestro track nos indicaba un giro a la derecha para dirigirnos al llamado Miradouro do Contrabando, pero vimos que era un senderito y con la experiencia anterior decidimos obviarlo y seguir por el camino bueno hasta encontrarnos más adelante de nuevo con el track. 


De nuevo sin una tregua llana, al terminar la subida comenzamos a bajar, justo hasta cruzar la Ribeira de Ventuzelo. En cuanto la cruzamos comenzamos a subir de nuevo. Cambiamos varias veces de camino, encontrándonos con algunos más anchos que otros, o de mejor o peor firme, pero también nos topamos con tramos que habían sido arados. En estos rodamos sobre el borde de la zona arada sin ningún duelo. En la foto podemos ver una viña. El camino iba bordeando esta, pero ha sido arado. Recorrimos una parte por donde debería ir dicho camino pero después pasamos a la tierra contigua que, al no estar labrada, se rodaba por ella con mayor facilidad. 


Volvimos a bajar de nuevo, una vez más entre olivos y vides. Tanto unos como otras formaban perfectas alineaciones. Al terminar esta nos enfrentamos a una subida larga, de otro kilómetro. 


Pero eso sí, al terminar esta descendimos muy a gusto como un kilómetro y medio. Una vez más, al concluir la bajada comenzó una nueva subida, pero eso sí, enseguida llegamos al Miradouro de Miguel Bravo. Se le puso este nombre como un gesto de reconocimiento y homenaje de los habitantes de Ventozelo (la freguesía a la que pertenece) hacia este regidor, quien fue una figura central en la vida de la aldea.

Desde el mirador se puede contemplar un espectacular meandro del río Duero. 


No nos demoramos mucho allí porque íbamos bien de tiempo pero nos quedaba kilómetros duros por delante. Desde el mismo mirador continuamos subiendo para inmediatamente hacer lo contrario, y esto mismo lo repetimos en otras tres ocasiones. 


La última de esas tres bajadas nos dejó en un valle con unas vistas impresionantes de viñedos y olivares, pero tras la vaguada nos aguardaba una nueva subida, pero esta vez de más de un kilómetro.


Sin duda fue la más dura de todo el trayecto porque la rampa se movía en porcentajes de ascenso entre el 17 y el 20%.


El premio al concluirla fue bastante exiguo, una bajada muy escasa para empalmar con otro ascenso más tendido pero largo, de unos dos kilómetros. 


Un cambio de dirección a la derecha puso fin a la subida y comenzamos a atravesar entre viñedos una zona en la que, por fin, nuestras piernas pudieron descansar. 

Un kilómetro más adelante llegamos al Miradouro de Picões. Al contemplar la vista del Duero encajonado no pudimos por menos que exclamar: ¡Qué pasada!


Hacia la derecha la vista tampoco estaba nada mal. Realmente estábamos en "Las Arribes", el término con el que los salmantinos denominan al encajonamiento del río Duero a su paso por esa provincia. Y es que justo en frente de donde nos encontrábamos se encuentra Pereña de la Ribera.


Nos pareció que en este lugar debíamos de hacer el selfie que dejara constancia de nuestro paso por allí.


Ya teníamos la nómina de visitas de la ruta completada, pero no por ello lo que restaba iba a ser un camino de rosas, nos quedaban dos kilómetros y medio hasta una localidad de paso, Peredo de Bemposta, y el camino hasta allí era bueno, pero inclinado hacia arriba. Es cierto que la subida era más tendida pero las piernas ya empezaban a mostrar signos de fatiga. 


Cuando llegamos a esta localidad, continuamos por una calle principal para después desviarnos hacia la derecha. Casi al final del pueblo pudimos ver la iglesia de São João Baptista.


Y tras ella encontramos en una casa abandonada una pintada que nos gustó: "25 de abril sempre". El 25 de abril de 1974 se produjo la Revolución de los Claveles, un levantamiento militar pacífico que derrocó la dictadura terminando así con más de 40 años de régimen autoritario. Desde entonces ese día es fiesta nacional denominándose "Dia da liberdade". Así que sí, ¡25 de abril siempre!


Poco más adelante llegamos a la salida del pueblo donde nos esperaba un lilo gigante que no podía estar más florido.


Tras descender como medio kilómetro comenzó un nuevo ascenso, suave, por el que recorrimos los casi tres kilómetros que nos separaban de nuestro destino final.


En los últimos metros antes de llegar a Algosinho un perro cansino se empeñó en acompañarnos ladrando tras nosotros. Y con él hicimos la entrada al pueblo.


Al llegar limpiamos algo las bicis en una fuente que encontramos junto a la iglesia. Cargamos las bicicletas, nos aseamos lo que pudimos, nos cambiamos y nos dirigimos a Bemposta, donde habíamos quedado a las 13.30 h para comer y, prácticamente, era ya esa hora. 

En el Bar O Emigrante, Laura Sofía y su camarera nos trataron estupendamente. Comimos, como siempre, el "Prato do dia", tomamos el café en la terraza y, tras este agradable rato, nos montamos en el coche y para Zamora. 




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