Hemos puesto el título de esta entrada en portugués (olivos, castro de los moros y miradores) porque la ruta que hemos realizado se ha desarrollado íntegramente en el país vecino, en concreto en el municipio de Mogadouro, distrito de Bragança. Hemos pasado por distintas "freguesías", pero también por un castro y por tres miradores.
La ruta la comenzamos en Algosinho, la localidad más cercana a Zamora de todo el recorrido. Se trata de un pequeño pueblo distante de nuestra capital unos 90 km, si bien se tarda casi una hora y media en recorrerlos, por ello quedamos a las 8.15 h para cargar las tres bicis en un coche, una en el maletero y las otras en el portabicis. Un cuarto de hora más tarde iniciamos el viaje.Al pasar por la localidad de Bemposta paramos en el Bar O Emigrante, donde tomamos un café que estaba buenísimo y reservamos para comer a las 13.30, hora portuguesa.
Desde allí continuamos en coche hasta Algosinho. Al llegar aparcamos junto a la bonita iglesia, de San Andrés, de la que se sabe que en el S. XVI formaba parte del monasterio de Castro de Avelãs.
Después de descargar y prepararnos iniciamos la marcha sobre las 10.20 h. La temperatura era buena, unos 10º y, a pesar de que por el camino habíamos tenido bancos de niebla, allí lucía un sol espléndido.
Teníamos miedo de que hubiera barro porque los dos días anteriores había llovido, pero enseguida comprobamos que la tierra estaba mojada pero sin más. Nada más dejar el pueblo atrás comenzamos a ascender.
El paisaje que íbamos viendo era de los más agradable, con tierras aradas, otras sembradas, algunas en barbecho y mucha vegetación. Bordeando el camino íbamos encontrando robles, aún desprovistos de su manto de hojas.
Después de unos tres kilómetros de ascenso suave hubo compensanción y bajamos hasta una vaguada. Allí mismo tuvimos que realizar un giro de casi 180º y nos enfrentamos a una cuesta casi imposible. Aún así lo intentamos y algo subimos pero comenzó a haber piedras y, al estar mojadas, las ruedas patinaban. Esos patinazos propició que dos de los tres bikers cayeran en parado sobre las zarzas del borde del camino. A partir de ese punto continuamos con las bicis en la mano unos doscientos metros.
En cuanto el firme y el perfil nos permitieron coger pedal volvimos a sentarnos en las bicis y continuamos pedaleando. Seguimos subiendo, pero más moderadamente. Eso sí, el camino no podía ser más bonito.
Tras otro giro muy pronunciado comenzamos a pedalear por una zona con la vegetación mucho más abierta. Siguiendo por esta terminamos saliendo a una carreterita local.
Rodamos por ella un poco menos de un kilómetro porque la abandonamos tomando un camino hacia la izquierda.
Esas piedras que conforman esas paredes son de granito y enseguida comenzamos a encontrarnos grandes rocas del mismo material aflorando en la superficie.
Enseguida entramos en la primera localidad de paso, Vila de Ala. Atravesamos, como es habitual, de lado a lado el pueblo, y en la parte más alta del mismo nos encontramos con una gigantesca mole de granito. Por algo este es un lugar de canteros.
Salimos de esta localidad y no tardamos en cruzar una carretera, si bien continuamos de frente. Seguimos sin cambiar de dirección casi cinco kilómetros en los que fuimos descendiendo prácticamente la totalidad.
Tanto el camino, como lo que íbamos viendo alrededor nos iba gustando, y es que está todo tan verde que, se mire a donde se mire, es una gozada.
Después de esos cinco kilómetros, sin ninguna tregua en forma de llano, comenzamos un nuevo ascenso. Poco más adelante cambiamos de dirección hacia la izquierda y enseguida nos sumergimos en un cerrado bosque de pinos.
Este ascenso se prolongó algo más de dos kilómetros y medio. Los pinos desaparecieron y fueron reemplazados por jara. Antes de culminar la subida hubo un pequeño descenso, si bien enseguida se cambiaron las tornas.
Pasamos junto a un camino que partía a la izquierda y nos desviamos porque sabíamos que, como cien metros más adelante, estaba la mayor altura de la zona, Calhau Grande. Para demostrarlo había un vértice geodésico. Alguno no resistió la tentación de subirse a él...
Desde allí algo de visión se ganaba así que aprovechamos para hacer una foto de las vistas.
En la parte más vulnerable había, y aún hoy se pueden ver, una gran barrera de "pedras fincadas", piedras hincadas de cuarzo, cuyos bordes eran afilados y que dificultaban el avance de personas y animales.
Después de estas piedras había un foso, y a continuación una muralla que tenía unos nueve metros de altura en la base. De ella aún se conserva parte.
También había una torre dentro del recinto, probablemente circular de la que también se puede observar una parte. El conjunto ha recibido una actuación y cuenta con escaleras, paneles informativos y flechas para guiar la visita.
Unas decenas de metros por detrás de este conjunto arqueológico hay un mirador desde el que pudimos ver el Duero. Una gran piedra caballera hace más bonita aún la vista.
Por lo que nos pareció una autopista empezamos a ascender y lo hicimos, salvo por un pequeño tramo descendente hacia la mitad, a lo largo de dos kilómetros. En ese tramo nuestro track nos indicaba un giro a la derecha para dirigirnos al llamado Miradouro do Contrabando, pero vimos que era un senderito y con la experiencia anterior decidimos obviarlo y seguir por el camino bueno hasta encontrarnos más adelante de nuevo con el track.
Desde el mirador se puede contemplar un espectacular meandro del río Duero.
No nos demoramos mucho allí porque íbamos bien de tiempo pero nos quedaba kilómetros duros por delante. Desde el mismo mirador continuamos subiendo para inmediatamente hacer lo contrario, y esto mismo lo repetimos en otras tres ocasiones.
La última de esas tres bajadas nos dejó en un valle con unas vistas impresionantes de viñedos y olivares, pero tras la vaguada nos aguardaba una nueva subida, pero esta vez de más de un kilómetro.
Sin duda fue la más dura de todo el trayecto porque la rampa se movía en porcentajes de ascenso entre el 17 y el 20%.
El premio al concluirla fue bastante exiguo, una bajada muy escasa para empalmar con otro ascenso más tendido pero largo, de unos dos kilómetros.
Un cambio de dirección a la derecha puso fin a la subida y comenzamos a atravesar entre viñedos una zona en la que, por fin, nuestras piernas pudieron descansar.
Un kilómetro más adelante llegamos al Miradouro de Picões. Al contemplar la vista del Duero encajonado no pudimos por menos que exclamar: ¡Qué pasada!
Hacia la derecha la vista tampoco estaba nada mal. Realmente estábamos en "Las Arribes", el término con el que los salmantinos denominan al encajonamiento del río Duero a su paso por esa provincia. Y es que justo en frente de donde nos encontrábamos se encuentra Pereña de la Ribera.
Al llegar limpiamos algo las bicis en una fuente que encontramos junto a la iglesia. Cargamos las bicicletas, nos aseamos lo que pudimos, nos cambiamos y nos dirigimos a Bemposta, donde habíamos quedado a las 13.30 h para comer y, prácticamente, era ya esa hora.
En el Bar O Emigrante, Laura Sofía y su camarera nos trataron estupendamente. Comimos, como siempre, el "Prato do dia", tomamos el café en la terraza y, tras este agradable rato, nos montamos en el coche y para Zamora.
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