Hace unos días, en concreto el lunes de esta semana, se inauguró el Mirador de Peña Centigosa, en la localidad de Villadepera. Si a eso le unimos que hace unos meses hicimos una ruta por la zona, que pasaba por ese mirador, y que tuvimos que acortar por la lluvia, es fácil llegar a la conclusión de que el destino nos había puesto una ruta en bandeja para terminar la que empezamos en aquella ocasión y para ver el nuevo mirador.
Villadepera se encuentra a 45 km de Zamora y sabíamos que la ruta nos podía llevar tiempo, así que decidimos salir a las 9.00 h de Zamora en dos coches cargados con dos bicis cada uno. Aproximadamente a las 9.45 h llegamos a esta localidad. Aparcamos en una placita cerca de la iglesia, descargamos, nos preparamos y comenzamos a pedalear poco antes de las 10.00 h.
La previsión no se había cumplido porque se esperaba que hubiera sol y nubes, pero solo estas últimas se habían hecho con todo el cielo. Había 10º de temperatura, pero al no haber sol la sensación era de fresco.
La base de esta ruta es una subida a Wikiloc por el Patronato de Turismo de la Diputación de Zamora (
ver ruta), pero tiene bastantes modificaciones ya que la original aglutina varios tramos no ciclables.
Abandonamos Villadepera bajando por una callecita estrecha que enseguida se convirtió en un camino muy bonito rodeador de paredes de piedra y de encinas.
Un kilómetro más adelante el descenso fue algo mayor y enseguida vimos el nuevo mirador, unos metros más abajo de donde se encontraba el anterior.
Los accesos aún están por rematar pero pudimos llegar con la bici hasta el mismo mirador. Nos pareció que era un buen sitio para hacer una foto de grupo.
El nuevo tiene un voladizo que permite tener la sensación de estar suspendido en un punto desde el que, mirando a la izquierda, se ve el Duero y el Puente de Requejo (o Puente Pino) y, mirando hacia el lado contrario, se contempla una bonita panorámica del río flanqueado por dos altas laderas.
Sin demorarnos más nos subimos de nuevo a las bicis y regresamos por el mismo camino hacia el pueblo, es decir, hicimos eso que evitamos hacer siempre que es posible: pisar el track, pero en esta ocasión no quedaba otro remedio.
Antes de entrar en el pueblo, después de unos 900 metros desde el mirador, en un cruce de caminos continuamos hacia la derecha, descendiendo así hasta la carretera que llega a Pino. La cruzamos y continuamos de frente por una zona tan frondosa que la vegetación casi cerraba el camino. Como las hierbas eran altas y había llovido mucho el día anterior, aún conservaban gotas que mojaron nuestro calzado.
Continuamos unos quinientos metros más atravesando una zona en la que el camino no estaba visible y terminamos saliendo a un camino-camino al que nos incorporamos hacia la derecha. Se trataba del GR-14 (La Senda del Duero). Por él comenzamos a ascender en ese punto casi un kilómetro en el que los primeros metros nos encantaron porque estábamos rodeados de encinas con increíbles formas y arropadas con un manto de musgo.
Más adelante desaparecieron los árboles pero íbamos flanqueados por escobas, flores de san Juan y algunos carrascos.
La subida finalizó al desembocar en un camino de mayor importancia. Por él comenzamos a descender y lo hicimos a lo largo de un kilómetro. A pesar de los alrededor de 30 litros que había llovido el día anterior no se dejaban notar en el firme que estaba algo pesado, claro, pero no salpicaba.
Terminó la bajada al llegar a una curva pronunciada. Nada más trazarla comenzamos a ascender de nuevo. Medio kilómetro más adelante abandonamos el camino para seguir por uno secundario.
A medida que iba avanzando este iba perdiendo importancia y terminamos intuyendo unas roderas, que no siempre se veían, porque las escobas lo invadían todo. Descendimos y giramos a la izquierda para continuar por un senderito apenas marcado.
En algún tramito de dicho sendero, corto eso sí, tuvimos que bajarnos de la bici por precaución ya que algunas piedras dificultaban la rodadura. Volvimos a ascender y lo hacíamos lentamente porque, aunque la pendiente no era grande, el sendero entrañaba alguna dificultad técnica.
Terminamos la subida y giramos hacia la derecha. Continuamos rodando entre escobas hasta que llegamos a una terraza natural de roca. Dejamos las bicis en el suelo y nos subimos a dicha terraza desde donde las vistas eran muy bonitas. En total habíamos recorrido desde que habíamos abandonado el camino de buen firme casi tres kilómetros.
Este mirador no tiene nombre así que hemos decidido bautizarlo nosotros con el de Mirador de La Atalaya, ya que el paraje en el que se encuentra se llama así: La Atalaya.
Hacia la izquierda no era tan espectacular pero también era bonita. Y más lo habría sido si el sol hubiera dado ese toque de color que tan bien le sienta a la naturaleza.
Terminamos la parada y pedaleamos de nuevo hacia el punto más o menos donde habíamos abandonado el senderito y nos habíamos desviado a la derecha unos minutos antes. Allí ya encontramos, no un camino, pero algo similar. Apenas se veían roderas pero al menos no estaba comida por la vegetación.
Poco después atravesamos una pradera que nos recordó por el color y por la densidad de la hierba a las de Cantabria o Asturias, pero no, seguíamos en Sayago.
Como un kilómetro después de abandonar el mirador llegamos a un camino de verdad. Habíamos comenzado a subir en el propio mirador y continuábamos haciéndolo.
No tardamos mucho en dejar ese camino. En ese tramo cambiamos varias veces de dirección y cada cambio traía consigo un tipo de suelo por el que rodar diferente. Volvimos a encontrar alguna pradera.
También fuimos atravesando una frondoso bosque con zonas de camino ancho y zonas de camino estrecho y eso sí, subiendo, siempre subiendo, pero tendido.
Mientras nosotros disfrutábamos de este variado tramo, algunas vacas estaban hartas de pacer y pacer, así que en cuanto intuyeron que íbamos a pasar decidieron pararse en el camino para ver quién podía más y, de paso, romper la monotonía de la mañana. Ni que decir tiene que pudimos nosotros.
Uno de los caminos que seguimos nos llevó de nuevo al GR-14 y por él continuamos. Unos cinco kilómetros después de dejar el Mirador de La Atalaya en los que apenas dejamos de ascender, comenzamos a bajar hacia Villardiegua de la Ribera.
Tras un kilómetro disfrutando de las rentas ganadas en las subidas anteriores, y casi a la entrada de esa localidad, nos desviamos a la derecha y continuamos descendiendo por un camino más estrecho pero por el que se rodaba muy bien, entre otras cosas porque seguíamos descendiendo.
En todo el recorrido fuimos encontrando algunas zonas con agua acumulada pero las fuimos esquivando sin problema.
El camino la verdad es que no podía ser más bonito, solo le faltaba el sol y el color para ser perfecto.
Algo más adelante nos encontramos con una cancela de las que solo tienen un pasador que hay que correr para abrirla. Se trata de impedir que el ganado salga, no de poner puertas al campo. La abrimos, pasamos al otro lado y la cerramos.
Descendimos hasta una vaguada por la que discurre el Arroyo del Pozaco. Bien pensamos que nos íbamos a poner hasta las rodillas de barro, pero por suerte había una zona a la izquierda que permitía pasar sin embarrarse ni mojarse.
Muy cerca del arroyo nos topamos que esta preciosa pared. Vista así no dice mucho, pero cada una de las piedras era dos o tres veces mayor de las que se usan habitualmente en esas paredes.
Ascendimos unos cientos de metros y desembocamos en un camino de mayor entidad. Seguimos hacia la derecha y comenzamos a bajar, si bien solo recorrimos por él poco más de quinientos metros.
Lo dejamos desviándonos hacia la derecha y continuamos bajando por un sendero con algunas curvas hasta el Mirador del Pontón.
Un panel informativo nos anunció que estábamos llegando al mismo. No se trata de un mirador "tradicional" sino que se construyó como parte de un proyecto de puesta en valor turístico y ambiental del entorno de Villardiegua, en el Parque Natural de Arribes del Duero, después del grave incendio que asoló la zona en 2013, entre otros fines, para atraer visitantes como apoyo a la recuperación económica y ambiental del municipio.
Desde él la panorámica es bonita. No se llega a ver el río Duero, pero se intuye por donde fluye. Las rocas y la vegetación de la zona conforman un bonito espectáculo.
Tras unos minutos allí retomamos la ruta volviendo a pisar el track como un kilómetro, volviendo a pasar junto a varias piedras caballeras desafiantes de la fuerza de la gravedad.
Superado ese kilómetro continuamos por el camino hacia Villardiegua, del que nos separaban tres kilómetros de subida tendida que hicimos a muy buen ritmo.
Entramos en el pueblo por un flanco del mismo y continuamos por la misma calle un buen trecho.
Pasamos junto al Ayuntamiento y más adelante llegamos a la iglesia.
Junto a ella se encuentra la famosa Mula o la Yegua de Villardegua, un berraco prerromano encontrado en el cercano Castro de San Mamede.
Después de una breve parada volvimos a sentarnos sobre nuestros sillines y dejamos de atrás Villardiegua. Después de unos quinientos metros por un camino típico sayagués giramos a la izquierda y seguimos por otro menos marcado, el llamado Camino de La Trapera, por el que fuimos ascendiendo como un kilómetro y medio.
Este nos llevó hasta la carretera que va hacia Moralina de Sayago. Nos unimos a ella hacia la derecha. Enseguida terminó el ascenso que habíamos comenzado poco después de salir de Villardiegua y comenzamos a descender.
A nuestra derecha se abría una gran esplanada ya teñida de morado en algunas zonas por las lavandas florecidas.
Dos kilómetros y medio más adelante cruzamos la carretera que va hacia Villadepera para continuar por un camino.
En la ladera de nuestra izquierda pudimos ver un campo repleto de flores de lavanda.
También encontramos un poste que indicaba la dirección del Mirador del Hullón, al que nos dirigíamos.
La inclinación del camino se iba incrementando a medida que avanzábamos pero íbamos disfrutando mucho de esa bajada, por el paisaje que íbamos encontrando y porque todas las bajadas son agradables.
Más adelante ya pudimos ver un anticipo de lo que íbamos a poder contemplar desde el mirador, pero aún teníamos que seguir descendiendo más.
Poco más adelante el firme del terreno se complicó y la inclinación era grande, por lo que nos apeamos de las bicis y continuamos con ellas en la mano. Como 20 o 30 metros después decidimos dejar las bicicletas allí y continuar andando porque el último tramo, de unos doscientos metros, nos es ciclable.
Bajamos caminando ese último trecho y llegamos al mirador. Antes había en él un banco hecho con cuatro tablas pero ahora hay uno en condiciones. Qué mejor sitio para hacerse una foto con ese increíble fondo.
Y si la vista hacia la izquierda es así de bonita, la que hay hacia el lado contrario no está nada, pero que nada mal.
La verdad es que es un lugar con cierta magia porque sentado en ese banco se siente paz y tranquilidad. La quietud del río y las laderas repletas de vegetación, ahora tan verdes, son factores que contribuyen a ello.
Terminado el momento zen no quedó otra que subir caminando hasta donde teníamos las bicis. Una vez allí cada uno cogió la suya y se puso en marcha. Si la bajada desde la carretera habían sido algo más de tres kilómetros, ahora teníamos que ascender algo más de uno.
Terminado este primer ascenso hicimos lo propio en estos casos, es decir, bajar, pero al terminar la bajada comenzó una nueva subida.
La consiguiente bajada cruzaba una vaguada y pensábamos que podíamos tener algún problema para pasar, pero por suerte el agua había sido absorbida. La distancia del mirador al pueblo es de algo más de cuatro kilómetros y ya llevábamos recorrida más de la mitad.
Nos enfrentamos a una última cuesta y, una vez culminada comenzamos a descender hacia el pueblo, por lo que llegamos enseguida a las primeras viviendas. .
Entramos a Villadepera por una calle pero más adelante giramos a la izquierda para dirigirnos hacia la iglesia.
Muy cerquita del templo teníamos los coches así que tomamos esa dirección. Al llegar los conductores cargamos una bici en cada coche y nos dirigimos a la casa que tiene en el pueblo uno de los bikers. Los otros dos fueron hasta allí en sus bicis. En el jardín lavamos las bicis. Nos cambiamos y nos dirigimos al Bar Restaurante La Siera donde habíamos reservado para comer.
Allí Conchi y su hija nos trataron de maravilla. Al terminar de comer nos montamos en los coches y pusimos rumbo a Zamora, poniendo así fin a esta preciosa ruta.
Para descargar la ruta haz clic en el logo de Wikiloc.
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