15 de mayo de 2026

Subiendo y bajando por la Sierra de La Culebra

La Sierra de la Culebra es un espacio natural montañoso que se encuentra en el noroeste de la provincia de Zamora, cerca de la frontera con Portugal por uno de sus extremos, justo el que hemos recorrido hoy con nuestras bicis. Aunque se considera un espacio de media montaña las subidas y bajadas han sido constantes al tiempo que atravesábamos bosques de pinos, robles y matorral. El esfuerzo mereció la pena. 

El punto de salida de la ruta lo establecimos en Trabazos, localidad que se encuentra a 72 km de Zamora, así que a las 8.45 h. quedamos para cargar las cinco bicis en dos coches y a poco más de las nueve estábamos abandonando la ciudad. Una hora más tarde llegamos a dicha localidad, aparcamos detrás del Hostal Restaurante Los Castaños, descargamos, nos preparamos y eso sí, antes de comenzar a rodar nos tomamos un café. 


Unos minutos antes de las 10.30 iniciamos la ruta. Cruzamos la N-122, y descendimos a lo largo de una calle de Trabazos para después ascender hasta la iglesia de San Pelayo, que posee una torre muy característica. 


Dejamos el templo a nuestra derecha y seguimos calle abajo hasta que salimos del pueblo. No por terminarse las construcciones dejamos de bajar sino que continuamos en esa línea algo más de dos kilómetros. Una estupenda forma de comenzar, desde luego.


Como en las últimas dos semanas ha llovido y han bajado las temperaturas la explosión primaveral aún era palpable por todos lados, en esa zona en concreto las escobas (o retama o piorno) estaban todas florecidas coloreando las laderas de su amarillo característico.


Prácticamente habíamos descendido sin cambiar de dirección y poco después de girar hacia la izquierda comenzamos a ascender suavemente. No tardamos en llegar a la N-122, que cruzamos y continuamos de frente por un camino asfaltado por el que se rodaba muy bien. 


Después de poco más de un kilómetro de ascenso las vistas del horizonte ya merecían la pena, y también lo que veíamos junto al camino, como algunos castaños y la jara en plena floración. 



Después de unas ondulaciones del terreno llegamos a un arco hecho con unos palos y allí mismo comenzaba un descenso espectacular, con bastante inclinación y buenas vistas de la orografía de La Culebra. 



Bajamos a lo largo de casi un kilómetro y medio, distancia en la que hubo que ir apretando los frenos porque las bicis cogían por sí mismas mucha velocidad. A esas alturas ya habíamos comprendido que habíamos tenido mucha suerte porque los caminos estaban estupendos a pesar de lo que había llovido dos días antes. Tan solo algún charco en zonas muy concretas delataba el agua caída.



Terminamos el descenso en un profundo valle. Atravesamos el riachuelo Cuevas por una plataforma y allí mismo comenzamos una subida que se alargó un kilómetro y medio. Esa zona estaba desprovista de arbolado y las laderas las ocupaban las escobas y las jaras. 


Como cada uno fue ascendiendo a su ritmo, en lo alto nos reagrupamos y disfrutamos de las vistas, un merecido regalo al esfuerzo. 



De nuevo todos juntos seguimos adelante y nos enfrentamos a unos dos kilómetros y medio en los que primero descendimos, lo que nos vino muy bien para descansar las piernas. 


Y después volvimos a ascender. Terminada la subida llegamos a una carretera, la cruzamos  y entramos en la primera localidad por la que pasamos: Latedo. 


Descendimos por su calle principal, para después continuar hacia la derecha y seguir bajando hasta la iglesia. 


Está dedicada a Santiago Apostol, es pequeña y muy representativa del estilo de Aliste: sencilla, de piedra y con un campanario no muy alto. También tiene un añadido que es un auténtico pegote.


En el propio pueblo y en los alrededores vimos olivos, un detalle curioso e interesante porque es algo poco habitual en esta parte de Aliste, pero es que tiene un microclima más suave que el resto de la zona que permite su cultivo. De hecho siempre  ha tenido cierto peso en la economía tradicional del pueblo. 

Después de dejar atrás el templo continuamos bajando, se terminó el pueblo y la bajada prosiguió por un camino encementado.


Se terminó el cemento y el descenso como un kilómetro después de salir de Latedo. De nuevo llegamos a una vaguada, cruzamos sobre el río Sejas por un puente y, como no podía ser de otro modo, comenzamos una nueva subida. 


En esta ocasión no fue muy larga, como de un kilómetro tras el que vino una bajada salpicada de pequeños pliegues. 


De nuevo terminamos en un pequeño valle surcado por un arroyo, el llamado Travancinos. que ni siquiera necesita un puente para cruzarlo. 

Siguiendo la tónica del día, inmediatamente después comenzó una nueva ascensión, en este caso con varias curvas cerradas y la más dura en cuanto a porcentajes de subida, que fluctuaron entre el 7 y el 22%. En el último tramo suavizaba algo la pendiente y era recto.


Después de algo más de un kilómetro coronamos y disfrutamos de una panorámica espectacular. Unos metros más adelante nos reagrupamos todos. 


Y lo hicimos junto a una cruz de madera puesta sobre un pedestal hecho con piedras. En la base de la cruz había una Virgen y en el travesaño de esa está grabada la palabra Candanedo, que coincide que es el nombre de un arroyo cercano a ese punto. 


Una vez sobre las bicis de nuevo comenzamos un descenso suave que se prolongó un kilómetro y medio hasta la segunda localidad por la que teníamos previsto pasar: Villarino Tras La Sierra. 


Poco después de entrar en esta localidad pasamos junto a la iglesia, como la de Latedo, de piedra, de estilo sobrio y con una pequeña espadaña.


Continuamos bajando por la misma calle. En ella encontramos a tres personas sentadas al sol que nos dijeron que solo eran 27 personas en el pueblo y que, salvo un vecino, todos mayores de 70 años. De nuevo un claro ejemplo de la España Vaciada y las administraciones siguen sin dar pasos firmes para revitalizar los pueblos. 

Poco más adelante pudimos ver un mural de uno de los personajes de una mascarada. La de invierno se celebra en Villarino el 26 de diciembre y en ella intervienen cinco personajes: dos Zamarrones, dos Caballicos y un Pajarico. El que está representado es el Caballico.


Más abajo giramos a la izquierda y comenzamos a ascender por la carretera que da entrada al pueblo. Nada más dejar atrás las últimas edificaciones dicha carretera continúa hacia la derecha y nosotros seguimos recto por un camino. Nada más empezar a rodar por la tierra la subida se fue endureciendo.


Mäs adelante había una máquina enorme trabajando en el bosque de pinos que estábamos atravesando. 


Estaba abriendo como caminos perpendiculares al que llevábamos nosotros cada diez o quince metros. No sabemos si como prevención para los incendios. 


El caso es que había una gran cantidad de pinos y ramas talados a ambos lados del camino.  


Como un kilómetro después de comenzar a subir llegamos a la carretera que comunica la N-122 con Santa Ana y con Villarino, la cruzamos y continuamos de frente. Al otro lado nos encontramos un camino con dos roderas marcadas, con regateras, muy empinado, flanqueado por pinos jóvenes y con un firme horrible, repleto de piedra suelta. 

No fue la subida más dura por inclinación pero sí por lo complicado que era avanzar por ella, de hecho nuestro ascenso fue un auténtico rosario. Al hacerlo cada uno a su ritmo nos fuimos separando unos de otros.


Fueron quinientos metros pero cundieron como si hubieran sido mucho más. 

Junto a los pinos había muchas jaras y, como ya dijimos al principio de esta crónica, ahora están en flor, y para muestra, un botón.


Tras agruparnos al terminar la tortura de ese camino descendimos suavemente y seguidamente nos enfrentamos a unos cientos de metros de ascensión cómoda. 


Concluida esta comenzamos a recibir los réditos de las inversiones en subidas realizadas durante toda la mañana y descendimos a lo largo de nada más y nada menos que cuatro kilómetros hasta San Mamed. El primer tramo, bastante empinado, nos llevó hasta una carretera. 


La cruzamos y continuamos en paralelo a esta por su derecha a lo largo de un kilómetro. Volvimos a cruzar la carretera hacia el lado contrario y comenzó un sinuoso y divertido descenso de otros dos kilómetros. 


Sin tocar los pedales nos fuimos acercando a la última localidad por la que teníamos previsto pasar: San Mamed, que se encuentra situada en un profundo valle. 


Nada más entrar al pueblo nos esperaba para darnos la bienvenida una preciosa casa representativa de la arquitectura tradicional alistana. 


Junto a esta giramos a la izquierda y comenzamos a ascender por la calle principal. Al terminar el pueblo trazamos una curva de ciento ochenta grados a la derecha y enseguida otra igual pero al lado contrario.


Por delante teníamos unos dos kilómetros y medio de ascenso (por aquí no existen los llanos ni las mesetas, está claro). El primer tramo resultó ser el más duro.


En esa zona íbamos encontrando junto al camino una gran variedad de arbolado: castaños, robles, nogales y olivos. 

En el segundo tramo la subida se fue suavizando y fue cambiando el paisaje, encontrando ya zonas más despejadas de arbolada e incluso sembradas de cereal. 


Los siguientes cuatro kilómetros fueron favorables alternándose zonas casi llanas con pequeñas subidas y bajadas. 


Aunque habíamos partido de Trabazos con 10º de temperatura a esas alturas de la mañana ya había 20º y suave viento del norte, fresco, que daba gusto recibir en la cara. 


Además, debido a las nubes que había repartidas por el cielo se iban alternando zonas de sol y de sombra, y eso conformaba un precioso paisaje. 


En una de las bajadas hubo un pequeño accidente. Uno de los bikers se fue al suelo porque la rama de una zarza se enganchó al cuerno de su manillar. Afortunadamente la caída no tuvo consecuencias. 


Tras ese descenso hubo una pequeña subida y volvimos a descender algo más. Este terreno favorable hizo que los kilómetros, que en la primera parte de la ruta habían avanzado lentamente, comenzaran a hacerlo con rapidez. 


El último descenso importante nos llevó de nuevo a un valle atravesado por un pequeño río, en este caso el de la Ribera de Arriba. Al segundo que lo atravesó le resbaló la rueda trasera y cayó sentado sobre el agua. Salvo la mojadura, la caída no le causó más problemas. 


Los demás extremamos las precauciones y pasamos sin mayor dificultad. Y como había sucedido a lo largo de toda la mañana, tras el cruce de una corriente de agua, comenzaba una subida, y esta vez así fue también.


Nos enfrentamos al último ascenso importante. Tenía una longitud de un kilómetro y medio pero eso sí, era más tendido que muchos de los recorridos en la ruta. 


A lo largo de la subida pasamos junto a una zona con arbolado quemado debido a un incendio que se desató en la zona en agosto de 2024.


Después de ese kilómetro y medio culminamos la subida, hubo un pequeño descenso  y continuamos ascendiendo pero suavemente. 


Después continuamos avanzando hasta el final de la ruta, bajamos hacia el encuentro con la N-122. Al llegar a ella la cruzamos y continuamos de frente. Bordeamos una gran gasolinera y salimos a la carretera que da acceso a Trabazos. 


Continuamos por esta hasta poco después de pasar junto al cementerio y la ermita que hay a su lado, que giramos a la izquierda y subimos la última cuesta del día, eso sí, se nos atragantó un poco. Volvimos a cruzar la N-122 y llegamos al punto de partida. 

Allí nos abrazamos por haber concluido sin problemas y por haber participado en una ruta tan bonita y nos dispusimos a cargar las bicis, asearnos y cambiarnos. En cuanto tuvimos esas "jeras" hechas procedimos a recuperar líquidos en la terraza que hay entre el bar y el hostal donde íbamos a comer. Concluida la cerveza pasamos al Restaurante Hostal Los Castaños. Allí nos atendieron muy bien y comimos en consonancia. Después de comer tomamos café en la terraza e iniciamos el regreso a Zamora. 




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