La Sierra de la Culebra es un espacio natural montañoso que se encuentra en el noroeste de la provincia de Zamora, cerca de la frontera con Portugal por uno de sus extremos, justo el que hemos recorrido hoy con nuestras bicis. Aunque se considera un espacio de media montaña las subidas y bajadas han sido constantes al tiempo que atravesábamos bosques de pinos, robles y matorral. El esfuerzo mereció la pena.
El punto de salida de la ruta lo establecimos en Trabazos, localidad que se encuentra a 72 km de Zamora, así que a las 8.45 h. quedamos para cargar las cinco bicis en dos coches y a poco más de las nueve estábamos abandonando la ciudad. Una hora más tarde llegamos a dicha localidad, aparcamos detrás del Hostal Restaurante Los Castaños, descargamos, nos preparamos y eso sí, antes de comenzar a rodar nos tomamos un café.
Como en las últimas dos semanas ha llovido y han bajado las temperaturas la explosión primaveral aún era palpable por todos lados, en esa zona en concreto las escobas (o retama o piorno) estaban todas florecidas coloreando las laderas de su amarillo característico.
Después de poco más de un kilómetro de ascenso las vistas del horizonte ya merecían la pena, y también lo que veíamos junto al camino, como algunos castaños y la jara en plena floración.
Después de unas ondulaciones del terreno llegamos a un arco hecho con unos palos y allí mismo comenzaba un descenso espectacular, con bastante inclinación y buenas vistas de la orografía de La Culebra.
Bajamos a lo largo de casi un kilómetro y medio, distancia en la que hubo que ir apretando los frenos porque las bicis cogían por sí mismas mucha velocidad. A esas alturas ya habíamos comprendido que habíamos tenido mucha suerte porque los caminos estaban estupendos a pesar de lo que había llovido dos días antes. Tan solo algún charco en zonas muy concretas delataba el agua caída.
Terminamos el descenso en un profundo valle. Atravesamos el riachuelo Cuevas por una plataforma y allí mismo comenzamos una subida que se alargó un kilómetro y medio. Esa zona estaba desprovista de arbolado y las laderas las ocupaban las escobas y las jaras.
Descendimos por su calle principal, para después continuar hacia la derecha y seguir bajando hasta la iglesia.
Está dedicada a Santiago Apostol, es pequeña y muy representativa del estilo de Aliste: sencilla, de piedra y con un campanario no muy alto. También tiene un añadido que es un auténtico pegote.
Después de dejar atrás el templo continuamos bajando, se terminó el pueblo y la bajada prosiguió por un camino encementado.
De nuevo terminamos en un pequeño valle surcado por un arroyo, el llamado Travancinos. que ni siquiera necesita un puente para cruzarlo.
Siguiendo la tónica del día, inmediatamente después comenzó una nueva ascensión, en este caso con varias curvas cerradas y la más dura en cuanto a porcentajes de subida, que fluctuaron entre el 7 y el 22%. En el último tramo suavizaba algo la pendiente y era recto.
Una vez sobre las bicis de nuevo comenzamos un descenso suave que se prolongó un kilómetro y medio hasta la segunda localidad por la que teníamos previsto pasar: Villarino Tras La Sierra.
Poco después de entrar en esta localidad pasamos junto a la iglesia, como la de Latedo, de piedra, de estilo sobrio y con una pequeña espadaña.
Poco más adelante pudimos ver un mural de uno de los personajes de una mascarada. La de invierno se celebra en Villarino el 26 de diciembre y en ella intervienen cinco personajes: dos Zamarrones, dos Caballicos y un Pajarico. El que está representado es el Caballico.
Más abajo giramos a la izquierda y comenzamos a ascender por la carretera que da entrada al pueblo. Nada más dejar atrás las últimas edificaciones dicha carretera continúa hacia la derecha y nosotros seguimos recto por un camino. Nada más empezar a rodar por la tierra la subida se fue endureciendo.
Mäs adelante había una máquina enorme trabajando en el bosque de pinos que estábamos atravesando.
Estaba abriendo como caminos perpendiculares al que llevábamos nosotros cada diez o quince metros. No sabemos si como prevención para los incendios.
El caso es que había una gran cantidad de pinos y ramas talados a ambos lados del camino.
No fue la subida más dura por inclinación pero sí por lo complicado que era avanzar por ella, de hecho nuestro ascenso fue un auténtico rosario. Al hacerlo cada uno a su ritmo nos fuimos separando unos de otros.
Fueron quinientos metros pero cundieron como si hubieran sido mucho más.
Junto a los pinos había muchas jaras y, como ya dijimos al principio de esta crónica, ahora están en flor, y para muestra, un botón.
Tras agruparnos al terminar la tortura de ese camino descendimos suavemente y seguidamente nos enfrentamos a unos cientos de metros de ascensión cómoda.
Concluida esta comenzamos a recibir los réditos de las inversiones en subidas realizadas durante toda la mañana y descendimos a lo largo de nada más y nada menos que cuatro kilómetros hasta San Mamed. El primer tramo, bastante empinado, nos llevó hasta una carretera.
La cruzamos y continuamos en paralelo a esta por su derecha a lo largo de un kilómetro. Volvimos a cruzar la carretera hacia el lado contrario y comenzó un sinuoso y divertido descenso de otros dos kilómetros.
Sin tocar los pedales nos fuimos acercando a la última localidad por la que teníamos previsto pasar: San Mamed, que se encuentra situada en un profundo valle.
Nada más entrar al pueblo nos esperaba para darnos la bienvenida una preciosa casa representativa de la arquitectura tradicional alistana.
Junto a esta giramos a la izquierda y comenzamos a ascender por la calle principal. Al terminar el pueblo trazamos una curva de ciento ochenta grados a la derecha y enseguida otra igual pero al lado contrario.
Por delante teníamos unos dos kilómetros y medio de ascenso (por aquí no existen los llanos ni las mesetas, está claro). El primer tramo resultó ser el más duro.
En esa zona íbamos encontrando junto al camino una gran variedad de arbolado: castaños, robles, nogales y olivos.
En el segundo tramo la subida se fue suavizando y fue cambiando el paisaje, encontrando ya zonas más despejadas de arbolada e incluso sembradas de cereal.
Además, debido a las nubes que había repartidas por el cielo se iban alternando zonas de sol y de sombra, y eso conformaba un precioso paisaje.
Después continuamos avanzando hasta el final de la ruta, bajamos hacia el encuentro con la N-122. Al llegar a ella la cruzamos y continuamos de frente. Bordeamos una gran gasolinera y salimos a la carretera que da acceso a Trabazos.
Continuamos por esta hasta poco después de pasar junto al cementerio y la ermita que hay a su lado, que giramos a la izquierda y subimos la última cuesta del día, eso sí, se nos atragantó un poco. Volvimos a cruzar la N-122 y llegamos al punto de partida.
Allí nos abrazamos por haber concluido sin problemas y por haber participado en una ruta tan bonita y nos dispusimos a cargar las bicis, asearnos y cambiarnos. En cuanto tuvimos esas "jeras" hechas procedimos a recuperar líquidos en la terraza que hay entre el bar y el hostal donde íbamos a comer. Concluida la cerveza pasamos al Restaurante Hostal Los Castaños. Allí nos atendieron muy bien y comimos en consonancia. Después de comer tomamos café en la terraza e iniciamos el regreso a Zamora.
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