El 10 de agosto de 2025 se declaró en el término de Molezuelas de la Carballeda un fuego que se fue expandiendo y que terminó por convertirse en uno de los más extensos de España desde que se tienen referencias (1968), con más de 30.000 hectáreas quemadas. Hoy hemos querido ser testigos del daño producido y lo cierto es que se nos ha encogido el alma.
Iniciamos esta ruta en Santibáñez de Vidriales. Para llegar hasta allí tres bikers partieron de Zamora y uno de Sanabria. Unos y otros se encontraron junto a las piscinas municipales a las 9.45 h. Después de preparar todo partimos muy cerca de las 10.00 h. El cielo presentaba algunas nubes y la temperatura era ideal para andar en bici, 17º.
Después de recorrer algunas calles de Santibáñez y unos cientos de metros por un camino, salimos a una carreterita estrecha por la que continuamos. Poco después vimos a nuestra derecha un edificio que llamó nuestra atención. Se trataba del llamado El Conventico, hoy en día un edificio y una capilla en ruinas pero que fue el Monasterio de San Salvador de Villaverde de Vidriales, cuya historia conocida se remonta a la segunda mitad del siglo XI.
Ni un kilómetro más adelante llegamos a San Pedro de la Viña, localidad muy próxima a Santibáñez, tan solo las separan tres kilómetros y medio.
Como suele ser nuestra costumbre, hicimos un pequeño recorrido por el pueblo, descubriendo así bonitas edificaciones.
En pocos minutos salimos de la localidad y enseguida tuvimos nuestro primer encuentro con las secuelas del incendio.
Casi sin darnos cuenta entramos en Carracedo, una pequeña localidad en la que el fuego entró y quemó algunas de sus viviendas (por suerte, las que vimos quemadas estaban todas abandonadas).
Al salir de esta pequeña localidad cruzamos la carretera ZA-P-2554. Llamó nuestra atención la señal de Stop achicharrada por el fuego.
Ya al otro lado de esta vía continuamos de frente y seguimos con una ascensión que se había iniciado al comienzo del pueblo. En esa zona el fuego había actuado a ambos lados del camino quemando monte bajo y robles, principalmente.
También arrasó con un gran pinar que teníamos a nuestra derecha.
El incendio fue de los llamados de sexta generación y avanzó rápidamente, sin frenarse ni siquiera con los terrenos en barbecho o con los que habían albergado cereales y ya habían sido cosechados. Otros de los damnificados han sido los animales. Nos encantó ver en algunos sitios bebederos y montones de paja para que los animales salvajes puedan beber y comer.
Después de como dos kilómetros y medio de ascenso comenzamos a descender y, tras recorrer una distancia similar y cambiar de dirección varias veces, llegamos a la siguiente localidad de paso: Ayoó de Vidriales.
Nos dirigimos hacia la parte del pueblo donde se encuentra la Iglesia de San Salvador y, tras sobrepasarla y mirar para atrás, nos llevamos una grata sorpresa al encontrarnos con esta bonita imagen del templo con su original acceso al campanario que hace las veces de contrafuerte o viceversa.
Salimos de Ayoó por la misma carretera provincial que habíamos cruzado en Carracedo. Cerca de ella se encuentran muchas bodegas del pueblo, a las que tampoco respetó el fuego. Después de rodar unos cientos de metros por el asfalto lo abandonamos para continuar por un camino.
Junto a él nos topamos con algo muy curioso: un campo de cereal sin cosechar que había sido cercado por el fuego pero que, milagrosamente, no se había quemado.
Poco más de tres kilómetros después de dejar Ayoó, entramos en Congosta. Ascendimos hasta la iglesia y pasamos por un par de calles, si bien salimos pronto del pueblo porque es pequeño.
Al salir de Congosta continuamos con un ascenso que había comenzado poco antes de entrar en el pueblo. Fue largo, unos cuatro kilómetros y parecía llevadero, pero al igual que nos había pasado en las subidas anteriores, las piernas no terminaban de responder. Aún así, fuimos recorriendo poco a poco esos kilómetros de subida al tiempo que íbamos contemplando los daños causados por el incendio en esta zona, donde estaba todo arrasado: varios pinares y muchas zonas con encinas. Conservamos la esperanza de que estas últimos puedan sobrevivir.
Terminada la subida comenzamos la consiguiente bajada, ya con Cubo de Benavente a la vista. Dicha bajada estaba concentrada en poco más de quinientos metros, así que nos supo a poco.
En esta localidad llamó nuestra atención un rincón con varias edificaciones muy bien restauradas. Allí mismo giramos a la derecha para continuar por una calle ancha.
Por ella seguimos hasta, prácticamente, la iglesia. Si bien poco antes de llegar a ella giramos hacia la izquierda para salir de la localidad.
Si bien el fuego respetó el pueblo, poco después de dejarlo atrás volvimos a encontrarnos con un panorama desolador.
Incluso encontramos, en mitad del camino, los restos de un jabalí calcinado. No somos capaces de imaginarnos cómo estaría ardiendo aquella zona para que el animal no pudiera escapar vivo del bosque.
Aunque la mayoría de los árboles quemados eran jóvenes, también encontramos otros ejemplares que tardaron años y años en llegar a ser lo que eran para, en cuestión de minutos, quedar reducido a algo así.
Y de este modo, conmocionados con lo que estábamos viendo, recorrimos los, aproximadamente, ocho kilómetros que separan Cubo de Molezuelas de la Carballeda, la localidad donde se originó el incendio y que ha dado nombre al mismo.
La calle por la que entramos nos llevó hasta la iglesia. Nada más pasar junto a ella giramos a la izquierda para seguir por otra calle. Allí un hombre nos dijo que el incendio comenzó junto a la ermita.
Nos dirigimos hacia ella, en realidad hacia ellas, porque hay dos casi juntas, la de la Virgen de la Puente y la del Bendito Cristo. Ambas con poco valor artístico.
Desde allí vimos una zona arbolada quemada e imaginamos que fue allí donde comenzó este gran incendio, si bien afectó mucho más a otros términos.
Desde la ermita volvimos atrás unos cien metros y continuamos por un camino en cuesta por el que abandonamos este pueblo del que es originario el exfutbolista y entrenador Javier Clemente, ya que uno de sus abuelos nació en él. Poco después giramos a la derecha para enfilar una recta con algunas subidas y bajadas, flanqueada por lo quemado a un lado y al otro.
Algunos árboles, como este que vimos a un lado del camino, consiguieron sobrevivir como auténticos héroes. Esperamos verlo con nueva hoja el año que viene...
Después de dos kilómetros y medio, más o menos, giramos noventa grados a la derecha y poco más adelante llegamos a Uña de Quintana. Cruzamos el pueblo por la calle principal, que pasa por la plaza de la iglesia.
Continuamos adelante y poco después salimos del pueblo. No mucho después comenzamos un ascenso de algo más de quinientos metros al que siguió una bajada mínima. Tras ella hubo una nueva subida, esta más larga con algún tramo al principio del 10 y el 12%. Después unos quinientos metros de cierta dureza continuamos ascendiendo, muy suavemente, unos dos kilómetros más.
Al terminar el ascenso no hubo premio, al menos como merecíamos porque sí, comenzamos a descender, pero de un modo casi imperceptible. En esa zona, al igual que en todo el tramo desde que salimos de Uña de Quintana, el fuego también había arrasado con todo.
Más adelante se hizo justicia y el descenso fue más generoso en cuanto a inclinación. Cruzamos una zona que era desoladora y, a pesar de haber tenido poca vegetación, a tenor de los restos quemados que había, estaba todo negro, incluido la tierra y piedras del camino. La sensación era como si estuviéramos atravesando un paraje apocalíptico.
En ese momento la temperatura había ascendido hasta los 24º pero no íbamos pasando nada de calor porque el sol estaba escondido tras las nubes que cubrían gran parte del cielo. Aunque continuábamos bajando y rodando a muy buen ritmo, de pronto nos encontramos con una rampa corta pero muy inclinada. Superada esta seguimos descendiendo.
Después de pasar por una zona boscosa arrasada por el fuego vimos que el camino, junto a un cortafuegos que se hizo a continuación, habían logrado parar el fuego. Desde ese punto ya no vimos nada quemado. Más tarde, una persona de Santibáñez de Vidriales nos comentó que realmente el fuego no había llegado al pueblo por un repentino cambio de la dirección del viento.
En pocos minutos alcanzamos las primeras edificaciones de Santibáñez. Cruzamos algunas calles hasta llegar a la Avenida Severo Ochoa. Al terminar esta continuamos recto hasta que llegamos a la Piscina Municipal.
Nos bajamos de las bicis ya dentro del recinto de la piscina. Allí, en la terraza del chiringuito, recuperamos los líquidos perdidos. Al terminar colocamos las bicicletas en los portabicis y regresamos a la piscina para comprar las entradas y los gorros (que son obligatorios), ponernos los bañadores, darnos una ducha y sumergirnos en la piscina.
Después del baño reparador, comimos en el propio chiringuito. Tras la comida nos dirigimos a los coches y regresamos a Zamora y Sanabria, respectivamente.
Para descargar la ruta haz clic en el logo de Wikiloc.
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