14 de enero de 2026

Alfoz de Toro y Reserva Natural Riberas de Castronuño

Desde hace tiempo teníamos "en la cartera" una ruta que, partiendo de Toro, iba a Castronuño y desde allí regresaba al punto de partida pasando por San Román de la Hornija, pero no la habíamos llevado a cabo porque entre Toro y Castronuño en verano y otoño hay los suficientes abrojos como para arruinar cualquier salida en bici. Hoy, ya asentado el invierno y sin abrojos, la hemos hecho y nos ha gustado mucho. 

A pesar de que la ruta planificada iba a ser larga no hizo falta madrugar mucho porque solo nos teníamos que desplazar hasta Toro, así que partimos de Zamora a las 9.15 h. Realmente no llegamos a esta ciudad sino que decidimos iniciar la ruta en el Área de Servicio que hay junto a la autovía, en la entrada de esta hacia Toro. 

Descargamos las bicis, nos preparamos y unos minutos antes de las 10.00 h nos acercamos al bar para tomar café antes de empezar a pedalear, pero estaba cerrado por vacaciones.


Compuestos y sin el café inicial comenzamos a pedalear bajo un cielo muy nublado y con seis grados de temperatura. Salimos del Área de Servicio por la zona de atrás, entramos en una carretera local y unos quinientos metros después nos desviamos a la derecha para continuar por un camino que discurre entre viñedos. 


Como un kilómetro después desembocamos en un carril bici que nos llevó hasta la carretera de acceso a la autovía. Seguimos por la vía ciclista en paralelo a dicha carretera hasta que llegamos a la rotonda donde se encuentra la Puerta de la Corredera.


Tras pasar la rotonda continuamos recto por la Calle Corredera, pasamos bajo la Puerta del Mercado y seguimos recto hacia la Colegiata, es decir, que atravesamos todo el centro de Toro.


Bordeamos por la derecha ese magnífico monumento, cuya construcción se inició en el siglo XII, inspirándose en las catedrales de Zamora y Salamanca, y comenzamos a descender hacia el río Duero.

Desde esa pronunciada y sinuosa bajada, al realizar una de las revueltas, pudimos contemplar una vista de la Colegiata, inédita para todos nosotros, que nos encantó.


La cuesta abajo terminó en una pequeña rotonda. Rodeamos esta y por un lado partía un camino que nos llevó hasta el Puente Mayor o Puente de Piedra. También este fue edificado a finales del siglo XII y principios del XIII (estilo románico tardío). 

Algo que no entendemos es que, siendo originariamente de piedra arenisca, se permitiera en la última reforma llevada a cabo hace unos años poner una valla de granito, un auténtico pegote. Patrimonio, tan quisquilloso a veces en detalles poco importantes, en esta ocasión dejó mucho que desear...


Poco después de salir del puente comenzamos a ver la señalización del GR-14 (la Senda del Duero) ya que estábamos transitando por él y que no dejaríamos hasta prácticamente llegar a Castronuño. 

Este camino discurre en paralelo al río, que íbamos viendo cuando la vegetación lo permitía. En ese punto, entre el río y el camino había un rebaño y, al pasar nosotros, las ovejas comenzaron a correr por el prado, creemos que para vernos pasar, ...o quizás se asustaron.


En ese tramo el camino es una auténtica pista llana y de buen firme en la que íbamos encontrando pinos y árboles de ribera. Nos sorprendió comprobar que, a pesar de que había llovido el día anterior, estaba húmeda, pero no había barro. 


Como se podía rodar muy bien los kilómetros iban corriendo deprisa y cuando llevábamos unos once vimos a nuestra izquierda un pequeño salto de agua. Se trata de la Central Hidroeléctrica de Toro. Nos acercamos a verla y enseguida continuamos nuestra marcha. 


Seguimos avanzando junto al río sin ninguna novedad, salvo que en algunos tramos íbamos muy cerca de sus aguas y en otros nos separábamos unas decenas de metros, pero siempre a su vera.


Y así, en el kilómetro 18 entramos en Villafranca de Duero, localidad que ya pertenece a la provincia de Valladolid (el límite provincial se encuentra tres kilómetros antes). 


Recorrimos esta localidad rodando por su calle principal. Desde esta vimos la iglesia en una calle perpendicular y nos acercamos a contemplarla más de cerca. Se trata de la iglesia de la Magdalena. Se construyó en el año 1981 sobre el solar de la antigua, que se quemó. Aunque es moderna nos pareció original pero lo mejor se encuentra en su interior, un Cristo crucificado románico (siglo XII).


Nada más salir del pueblo comenzamos a rodar en paralelo al Canal de San José y así lo hicimos a lo largo de los siguientes tres kilómetros. 


Tras esos tres kilómetros nos separamos de la Senda del Duero haciendo un giro de noventa grados a la derecha. Enseguida llegamos a la carretera que une Toro con Castronuño, la cruzamos y continuamos de frente, comenzando en ese punto una subida que se extendería a lo largo de unos dos kilómetros. 


Como era la primera de la mañana no nos sentó nada bien, pero tuvo premio y en cuanto la culminamos comenzó un descenso. 


Eso sí, un premio envenenado porque tras la bajada nos enfrentamos a otra cuesta, eso sí, de unos cientos de metros. Volvimos a bajar de nuevo y ya muy cerca de Castronuño el camino se convirtió en sendero, atravesamos una zona muy frondosa y cuando el camino volvió a ensanchar nos encontramos con una subida casi imposible que atraviesa un pinar. 


Culminada esta continuamos adelante, subimos otra cuesta y, finalmente, llegamos a la carretera, la cruzamos de nuevo y nos adentramos en Castronuño. Hicimos un recorrido amplio subiendo y bajando por sus calles.


Pero adonde queríamos llegar era a la Ermita del Cristo y al Mirador de La Muela. La ermita es del siglo XIII y muestra detalles típicos del románico de Zamora (claramente influenciada por la proximidad), como la decoración de la cornisa y el diseño de su rosetón. Además, se encuentra en un enclave privilegiado. 


El mirador se denomina de La Muela porque es el nombre del paraje donde se encuentra. Es un balcón natural que se halla en el alto de un cerro y desde el que se domina el gran meandro que traza el Duero en esta zona. Al lado está la Casa de la Reserva Natural Riberas de Castronuño.


Después de admirar las vistas, a pesar de que la luz del día no ayudaba a realzar nada, volvimos a montarnos en las bicis y salimos del pueblo bajando hacia la carretera. 


Al llegar a ella teníamos que haberla dejado enseguida para continuar por un sendero al lado del río, pero no nos dimos cuenta y ya no hubo posibilidad de cogerlo más adelante porque lo impedía el petril, así que continuamos por la carretera casi un kilómetro y medio (el sendero va a un metro de esta).

Al llegar a la Central Eléctrica y Presa de San José nos volvimos a unir al GR-14. Pasamos al otro lado del río cruzando por la carretera que pasa por encima de esa. 

La presa data del año 1.946 y regula el cauce del río. Aprovecha la fuerza del agua embalsada para la producción de energía limpia y es el corazón de la Reserva Natural Riberas de Castronuño-Vega del Duero, ya que ha creado un ecosistema de humedal que destaca por su importancia para la nidificación y como zona de invernada de muchas y variadas aves acuáticas. Podemos decir que nosotros vimos varios cormoranes y algunos ánades.


Nos pareció que, por su importancia, podía ser un buen lugar para hacernos un selfie, así que nos bajamos de las bicis, posamos y nos lo hicimos. 


Ya sobre las bicis terminamos de cruzar la presa, seguimos de frente y en la primera curva nosotros continuamos recto entrando de nuevo en un camino de tierra rodeado de pinos. 


Como un kilómetro y medio más adelante cruzamos sobre un paso a nivel y poco después nos encontramos de nuevo con el Duero.


Lo acompañamos a lo largo de otro kilómetro y medio en el que los pinos dieron paso a encinas, si bien junto al cauce del río el arbolado era el propio de las riberas: chopos, sauces, álamos o fresnos.


Tras ese tramo el camino se desvió un poco a la izquierda, separándonos así del río, de la Senda del Duero y de la Reserva Natural Riberas de Castronuño. Pasamos junto a una granja abandonada y enseguida cruzamos una cancela abierta. En ella advertía en un cartel que había ganado suelto. Continuamos adelante y empezamos a estar rodeados de encinas, pero ni rastro de los animales.

Unos dos kilómetros más adelante nos enfrentamos a una subida y a nuestra izquierda vimos una gran vacada, pero se encontraba entre vallas. Al terminar el ascenso un giro a la izquierda nos llevó a pasar sobre un paso canadiense. 


Avanzamos unas decenas de metros y vimos más adelante que un grupo grande de vacas cruzaba el camino. Fuimos prudentes y paramos para no molestarlas. Cuando pasaron todas, comenzamos a pedalear de nuevo. 


En ese punto comenzó un tramo de unos cuatro kilómetros en los que tuvimos que atravesar alguna cancela más. El camino tenía en sí mismo una capita de arena que dificultaba la rodadura, pero de vez en cuando aparecían bancos de arena que nos frenaban y/o nos hacían perder el equilibrio. 


Además, la tendencia era ligeramente ascendente por lo que, entre unas cosas y otras íbamos rodando despacio. Eso sí, la zona nos estaba resultando muy bonita porque estábamos atravesando un autentico bosque de encinas. 


Pero también es cierto que cuando llegamos a la última cancela y vimos que tras ella había una pista ancha y de buen firme y sin arena, nos alegramos. 

Al empezar a rodar por ella la velocidad volvió a ser alta. El camino está trazado entre extensiones grandes de viñas, pertenecientes a la DO Toro, pese a que aún seguíamos en tierras vallisoletanas. 


Como por esta "autopista" íbamos rodando de maravilla no tardamos mucho en recorrer los dos kilómetros de la enorme recta a la que nos enfrentamos.


La llanura concluyó tras ese tramo, una pequeña curva a la izquierda nos metió en una bajada que nos condujo hasta las puertas de San Román de la Hornija.


Cruzamos bajo un pequeño puente y giramos a la izquierda primero y enseguida a la derecha para dirigirnos hacia la iglesia, pero poco más adelante había una valla que nos impedía el paso, así que dimos marcha atrás y fuimos hacia el templo por otra calle. 

Se trata de la iglesia de San Román, aunque el el edificio actual es principalmente de estilo barroco (siglo XVIII), construido en piedra, ladrillo y tapial, conserva elementos de sus etapas anteriores; y lo más importante, se asienta sobre un antiguo monasterio del siglo VII (época visigoda) fundado por San Fructuoso bajo el patrocinio del rey Chindasvinto. En su interior se conservan los restos del propio rey y de su esposa, la reina Reciberga.

Tras la visita externa a la iglesia, como el pueblo es grande hicimos un recorrido largo por varias de sus calles antes de salir del mismo. Y lo hicimos descendiendo unos cientos de metros por un camino asfaltado que comenzó a ponerse cuesta arriba al llegar a un cerro en el que se asientan decenas de bodegas. 


Después de subir a lo largo de un kilómetro, inmediatamente llegó la compensación y descendimos otro tanto hacia un valle.


En la parte más baja del mismo tuvimos que cruzar un pequeño regato, que realmente era el Río Bajoz, aunque no lo pareciera. El propio río marca en esa zona la frontera entre las provincias de Valladolid y Zamora.


Al otro lado nos esperaba otra subida, esta más larga que la anterior, como de un kilómetro y medio. En los primeros metros atravesaba un pinar, pero a medida que fuimos ascendiendo fue desapareciendo el arbolado. 


Al culminar la subida de nuevo volvieron a aparecer las viñas a un lado y otro del camino a lo largo de una recta de unos dos kilómetros de larga.


La recta terminó con un giro de noventa grados hacia la izquierda, dejando así a nuestra derecha Morales de Toro a unos quinientos metros. 


De nuevo nos enfrentamos a una nueva recta, esta de más de dos kilómetros y paralela a la N-122. El cansancio comenzaba a pasar factura y ya no rodábamos tan "alegremente" como al principio de la ruta.



Una curva a la derecha terminó con la recta. Poco más adelante cruzamos la N-122 y nos dirigimos de frente hacia la Autovía del Duero. Al llegar a ella comenzamos a rodar en paralelo a su trazado y así lo hicimos casi un kilómetro y medio, tras el que nosotros continuamos sin cambiar de dirección, pero la autovía se fue abriendo a la derecha, separándose así de nosotros. 


Finalmente, terminamos saliendo a una carretera local. Nos incorporamos a ella hacia la derecha y quinientos metros más adelante estábamos entrando en la esplanada del Área de Servicio. 


Una de las razones de partir y llegar allí era porque pensábamos comer en la Bodega Latarce, pero también estaba cerrada por vacaciones. Buscamos una alternativa y la encontramos en la Brasería Padre Adobe, situada muy cerca de la Colegiata, así que tras cargar las bicis, cambiarnos y asearnos, nos dirigimos al centro de Toro. Aparcamos, tomamos una caña y acudimos a la Brasería a la hora prevista. El menú del día de los miércoles es cocido, así que eso fue lo que comimos y, por cierto, estaba muy rico.

Tras la comida iniciamos el regreso a Zamora y lo hicimos con muy buen sabor de boca, por haber hecho una ruta muy variada y bonita, por no habernos embarrado y porque la lluvia nos respetó, pese a que las previsiones indicaban lo contrario.


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