El río Esla (Astura en época romana) es el afluente más importante del Duero, tanto es así que en su desembocadura lleva más caudal que el propio Duero. Hoy hemos rodado a su lado a lo largo de unos 24 km y realmente parece un río de mayor entidad.
Para esta ruta establecimos la salida en Santovenia del Esla así que no hubo que madrugar para desplazarse hasta allí. Como solo íbamos a participar tres bikers montamos dos bicis en el portabicis y una la desmontamos y la metimos en el maletero. A las 9.30 salimos de Zamora y poco más de media hora después llegamos a dicha localidad. Descargamos, nos preparamos, tomamos un café en el Bar Restaurante Esla, charlamos unos minutos con varios peregrinos y comenzamos a pedalear a las 10.30 h.Aunque habíamos salido de la capital con el cielo nublado lo cierto es que cuando nos subimos sobre las bicis el cielo se había limpiado de nubes, había una luz espléndida y la temperatura era fresca pero agradable, unos 11º.
Salimos de Villaveza rodando por buenos caminos y dejando a nuestra izquierda la N-630. Después de varios cambios de dirección pasamos a través de un paso elevado sobre la A-66 y fuimos como dos kilómetros a su derecha.
No llegamos a entrar en sus calles, tan solo pasamos junto a él. La torre de la iglesia, situada en un alto, ofrecía una bonita imagen. Es muy esbelta y bonita pero carece de valor histórico porque el templo tuvo que ser reconstruida tras un incendio a principios del siglo XX.
Desde allí comenzamos a rodar tan cerca del río como lo permitían los caminos. Los hay más y menos próximos y el trazado que habíamos preparado siempre iba por los más cercanos a esas aguas.
Cuando íbamos rodando por uno de estos vimos tres pequeños corzos que se movían con esos saltitos tan característicos por un maizal recientemente cosechado.
Pero también hubo algún tramo en el que cruzamos una de esas choperas. En este caso con el camino poco marcado pero por el que se rodaba sin problemas.
Tras salir de nuevo a un buen camino comenzamos a ir en paralelo a un canal. Poco más adelante vimos otros dos corzos atravesando una tierra. Antes de cruzar el camino se pararon, nos observaron desde la distancia y, finalmente, lo atravesaron.
Continuamos avanzando por los caminos cercanos a la ribera del río. Ello nos supuso ir haciendo giros de noventa grados a uno y otro lado cada pocos kilómetros.
Uno de esos giros nos introdujo de lleno en una gran chopera. Avanzamos por el camino, casi cubierto de vegetación, hasta que llegamos al río. Allí giramos a la derecha para continuar a su lado siguiendo un gran meandro.
En este tramo sí que podíamos ir viendo las aguas de este gran afluente del Duero cuando el arbolado y la vegetación de la ribera lo permitía.
En esa zona ya no había camino, íbamos prácticamente campo a través rodando por encima de la hierba pero, aunque despacio, seguíamos avanzando.
Y cuando mirábamos a nuestra izquierda nos encontrábamos esas calles alineadas con las copas de los chopos ya empezándose a vestir de otoño.
Después de unos dos kilómetros por esta zona acabamos en un camino en el que ya se notaban dos roderas y unos cientos de metros más adelante ya entramos en una buena pista.
Nos encantó volver a rodar a buena velocidad y por buen terreno y así en poco tiempo nos fuimos aproximando a Bretó. Pasamos bajo el viaducto de la carretera que lo une con Bretocino y enseguida entramos en el pueblo.
Eso sí, nada más entrar nos desviamos hacia la primera calle de la derecha y comenzamos a alejarnos del pueblo por la zona donde se encuentran las bodegas, decenas de ellas. Sin duda en otros tiempos habría plantadas viñas en su término, pero en la actualidad ni una.
Ese mismo camino terminó llevándonos a la ribera del río y junto a él seguimos un kilómetro y medio.
Tras esa distancia comenzamos el primer ascenso importante de la mañana, pero incluso la subida nos llevaba en paralelo al curso del Esla, lo que nos permitía otear sus aguas desde la altura que íbamos ganando.
El ascenso terminó al llegar a una caseta de Iberdrola. Desde allí la panorámica era espectacular.
Tras la breve parada descendimos un poco y volvimos a ascender por una zona en la que la jara se había ido adueñando del camino.
Después de un giro de casi ciento ochenta grados comenzamos a descender hacia el río, del que nos habíamos separado algo.
Pasamos junto a instalaciones de la Dehesa de Quintos y seguimos por un buen camino flanqueado por encinas, algunas posiblemente centenarias a tenor del grosor de sus troncos.
El camino fue virando hacia la derecha y pronto pudimos contemplar una bonita imagen formada por una construcción rústica, las aguas del Esla de un azul intenso y al fondo el Puente Quintos.
En cuanto avanzamos un poco más ya pudimos ver la ermita de La Pedrera que alberga en su interior una virgen románica, la Virgen de los Montes Negros. Lo curioso es que dicha ermita está en el término de Santa Eulalia de Tábara pero los pueblos que celebran allí una romería son Bretó y Granja de Moreruela y, además, lo hacen en fechas diferentes.
Desde la ermita nos acercamos a la orilla del río para hacernos un selfie con el Esla y el Puente Quintos de fondo.

Dejamos el asfalto girando a la izquierda pero no por ello dejamos de ascender por una zona repleta de jara y encinas. Tras un giro a la derecha nos enfrentamos al último repecho.
Terminada la subida fuimos bajando, también suavemente hacia Bretó, localidad por la que volvimos a pasar de soslayo. Salimos del pueblo virando hacia la derecha. Este camino nos llevó hasta una rotonda en la que continuamos de frente para seguir por otro del mismo tipo. Desde este no tardamos mucho en ver nuestro destino final, que tan solo se encontraba a dos kilómetros.
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