El río Mena, al que hemos perseguido hoy, nace en las estribaciones de la Sierra de la Culebra a partir de pequeños acuíferos y arroyos. En su modesto recorrido atraviesa los términos de San Juan del Rebollar, Grisuela, Ufones, Rabanales y Mellanes. Y en su tramo final discurre por las localidades de Flores y Lober. Es un afluente del río Aliste por su margen derecha, desembocando en él a la altura del término de Gallegos del Río. Todo su recorrido se integra dentro de la comarca de Aliste.
Para esta ruta establecimos la salida en Grisuela. Solo podíamos participar en ella dos, un mano a mano, por lo que con mover un coche fue suficiente. Salimos de Zamora a las 9.00 y poco antes de las 10.00 estábamos ya en esa localidad. Descargamos y nos preparamos y unos minutos después comenzábamos.
En el cielo había algunas nubes, sospechosas de ser tormentosas, y 22º, una temperatura alta para esas horas matinales.
Iniciamos la ruta del mejor modo posible, es decir, bajando desde el momento que dejamos atrás las últimas casas del pueblo. Pero fue un espejismo porque ni medio kilómetro después comenzó un ascenso tendido y largo, de más de un kilómetro, eso sí, por un camino rodeado de robles y escobas.
Poco antes de terminar la subida el arbolado dio paso a tierras de cultivo y comenzamos a descender. Lo hicimos generosamente. Vamos, que bajamos más de lo que habíamos ascendido, y eso gusta.
El descenso nos llevó a los pies de Ufones, localidad que conocemos de sobra por su prueba de bicicleta de montaña. Fuimos hasta la plaza para después salir del pueblo por la carretera.
En una de las últimas casas (o de las primeras si se llega al pueblo por carretera) un mural recrea la prueba a la que nos referimos.
Al llegar al campo de fútbol giramos a la derecha para continuar por un camino. Pocos metros después de empezar a rodar por él comenzamos a descender de nuevo, esta vez para encontrarnos por primera vez con el río Mena.
Realmente no llegamos a verlo, pero sí su ribera repleta de arbolado. Pasamos bajo un viaducto de la carretera que une Alcañices con Sarracín de Aliste y comenzamos a subir de nuevo. A nuestro lado castaños, robles y escobas, estas luciendo aún algunas de sus flores.
Después de casi un kilómetro bajamos otro tanto de lo ascendido (empate), pero no había lugar para el llano e inmediatamente después nos enfrentamos a otra nueva cuesta.
Lo bueno de esta es que el arbolado de la izquierda nos iba proporcionando sombra y se agradecía. Se fueron intercalando subidas y bajadas, siendo las primeras más largas que las segundas (déficit).
Para compensar ese déficit imperó la justicia y pudimos estar casi un kilómetro sin pedalear hasta llegar justo al cauce del río Mena. Lo cruzamos por un pequeño puente y desde él se veía correr aún un hilillo de agua.
Al salir del puente continuamos hacia la izquierda y ascendimos casi un kilómetro, la mayor parte por un camino con fragmentos de pizarra, algunas rocas aflorando y flanqueado de arbustos repletos de flores blancas.
Al ganar altura pudimos contemplar una buena panorámica de una de las vaguadas por las que atraviesa el río Mena.
Tras ese kilómetro, nos desviamos a un camino de menos importancia y fue como un punto de inflexión, porque en ese momento empezamos a descender. En la bajada otro pequeño puente nos llevó a la margen izquierda del río pero más adelante tuvimos que cruzarlo y ya sin puente. El que iba el primero lo intentó por el agua pero su rueda trasera patinó y tuvo que meter uno de los pies en el río. El segundo aprendió la lección y pasó por las piedras, un tipo listo.
Desde allí, para ir conformando un perfecto perfil de dientes de sierra, tuvimos que subir algo menos de un kilómetro para, una vez culminado hacer lo contrario para volver de nuevo hacia el cauce del río.
Ya a su lado pudimos ver a nuestra izquierda el Molino del Perroyo, una muestra más del patrimonio etnográfico ligado al aprovechamiento del río Mena y los arroyos de su cuenca.
A partir de ese punto podemos decir que casi, casi, comenzamos a llanear. El problema es que la hierba ha crecido tanto esta primavera que el camino estaba prácticamente tapado y había que rodar con algo de precaución al no ver por donde iban a pasar las ruedas.
Los dos siguientes kilómetros los hicimos siguiendo ese camino casi comido por la vegetación que discurre al lado del río y que va haciendo el mismo caprichoso recorrido que el Mena, ya que va está trazado en paralelo a este.
Poco antes de llegar a Mellanes, nuestro siguiente pueblo de paso, pudimos disfrutar de varias praderas primorosamente segadas y algunas de un verdor que llamaba la atención.
Para llegar a las primeras casas del pueblo tuvimos que recorrer unos cientos de metros por carretera y ascender hacia el enclave de las viviendas.
Al llegar a una placita descendimos hacia la parte baja del pueblo para seguir acompañando al río, ahora por su margen derecha, hacia Tola. En esa zona, al estar junto al Mena, había mucha vegetación y sombra.
Subimos una cuesta no demasiado importante y comenzamos a llanear, cruzamos una zona con poco arbolado y, al tiempo que nos acercábamos al siguiente pueblo, encontramos alguna zona con mucho verdor.
Cruzamos una carretera y continuamos de frente. Enseguida, a nuestra izquierda, vimos el Molino los Ratones. Unos cientos de metros después entrábamos en Tolilla.
Igual que todas las localidades por las que pasamos, Tolilla, guarda un gran patrimonio etnográfico en multitud de casas de piedra primorosamente colocada. Lamentablemente la mayoría están abandonadas y comenzando a caerse.
Nos desviamos un poco para acceder a las calles del pueblo. Seguidamente volvimos casi al punto desde donde nos habíamos desviado, pasamos junto a la iglesia y continuamos por la margen derecha del río.
No tardamos en iniciar un nuevo ascenso, este de algo más de un kilómetro y con poca sombra. Terminó esa subida cuando comenzamos a bajar ya con otro pueblo a la vista.
Se trataba de Lober, que se encuentra en un alto. Nos dirigimos hacia una calle, allí preguntamos por una fuente a dos señoras. Nos dijeron dónde se encontraba, pasamos junto a la iglesia y paramos al lado de la fuente para llenar los botes. Aprovechamos la pausa para comer algo.
Salimos de esta localidad continuando la subida hacia el este. Pasamos junto al cementerio y allí mismo cambiamos de dirección. Unos cientos de metros más adelante ya empezamos a disfrutar del premio y empezamos a descender para ir de nuevo hacia el Mena, del que nos habíamos separado algo para llegar a Lober.
No habíamos avanzado ni un kilómetro y llegamos a su altura, tanto es así que lo tuvimos que cruzar. Vimos que por la izquierda cubría menos y pasamos sin problemas.
Aunque parezca raro llaneamos junto a la margen izquierda del río algo más de un kilómetro. Tras este llegamos al lugar donde el Mena entrega sus aguas al Aliste.
Como había que regresar al punto de salida, tuvimos que cruzar el río Aliste utilizando una pasarela elevada de cemento. Al salir de esta giramos a la izquierda y seguimos por un camino que, tras medio kilómetro, nos llevó hasta una carretera. Por ella continuamos unos quinientos metros. Un puente sobre el Aliste nos dio la entrada a Flores.
En nuestro recorrido por el pueblo pasamos junto a la iglesia y también pudimos ver aquí muchas casas abandonadas o semi abandonadas.
Dejamos atrás Flores por una cuesta que comienza en el pueblo y que va bordeando un gran valle que forma en la zona el río Aliste.
Después de media subida, con la altura ganada las vistas del río y sus riberas resultaron muy bonitas. Al menos el ascenso había tenido premio.
Pero no había terminado aún, quedaba otro tanto. Nos fuimos separando del río y su valle y las vistas cambiaron totalmente.
Al terminar la subida empezamos a bajar para ir de nuevo hacia el Aliste, que lo habíamos dejado a nuestra derecha recreándose en algunos meandros.
Ya en paralelo al río continuamos descendiendo ligeramente. Volvió a llamar nuestra atención una encina retorcida que también fotografiamos en una
salida hace 21 días. Las diferencias son notables.
Poco más adelante cruzamos un puente sobre el río y entramos en Fradellos. Fuimos bordeando el pueblo por una de sus calles, pasamos junto a la iglesia y ascendimos por otra hasta salir a la carretera.

Esta carrretera une esta localidad con la provincial que va a Sarracín, pero para llegar a esta hay que recorrer unos dos kilómetros por el asfalto, los que hicimos nosotros. En esos momentos ya se empezaba a notar el calor. El GPS marcaba 35º, aunque una ligera brisa y la que producíamos al ir a velocidad aminoraban esa temperatura.
Al llegar al cruce, cruzamos al otro lado y volvimos a rodar por camino. Este ya lo conocíamos porque suele ser el final de la Marcha BTT Ufones. Es un buen camino, con un ascenso apenas perceptible y trazado en paralelo al río Cebal. Por él recorrimos casi tres kilómetros a muy buen ritmo. En ese tramo se nos cruzó una cierva grande a muy pocos metros, pero no nos dio tiempo a inmortalizarla.
Cuando abandonamos ese camino girando a la izquierda nos hicimos un selfie, porque la ruta se iba a terminar pronto y no habíamos dejado constancia de los que habíamos participado en ella.
Emprendimos la subida hacia Grisuela rodando sobre la hierba, que había ocultado el camino. Nos sirvieron de orientación las balizas con marcas blancas y amarillas que íbamos encontrando.
Más adelante, en algunas zonas, el camino era más perceptible, pero poco después una gran vacada ocupaba nuestra zona de paso y no hicieron ningún ademán de apartarse, pero era lógico, ellas eran muchas y nosotros solo dos... Total, que nos separamos nosotros y en cuanto pudimos regresamos al camino.
El último tramo volvió a ser sombrío y eso lo agradecimos porque el sol ya apretaba mucho. Llegamos a Grisuela por su extremo oriental.
Rodeamos la iglesia y seguimos por la calle principal. Nos dirigimos directamente a la fuente para refrescarnos la cara y la cabeza. Desde allí volvimos unos metros hacia atrás para coger la calle que nos llevó a donde teníamos el coche.
Aunque nos apetecía mucho beber algo vencimos la pereza y colocamos primero las bicis y nos cambiamos. Después de esto ya sí, tomamos una cerveza y a continuación comimos. Muy bien, como siempre que lo hacemos en Grisuela y, además, con una atención exquisita por parte de Antonio y de Vero. Una vez comidos regresamos a Zamora atravesando una tormenta que afectaba, por lo que vimos, a todo el oeste de la provincia.
Para descargar la ruta haz clic en el logo de Wikiloc.
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