18 de marzo de 2026

Azinheira (encina) de Póvoa, "La Raya" y ribera del Angueira

Hace algunos meses oímos hablar de la Azinheira de Póvoa (la encina de Póvoa) y nos propusimos diseñar una ruta que pasara junto a ella. Eso sí, las continuas borrascas no lo habían impedido hasta hoy. Esta encina, con sus 410 años, está considerada la más longeva de su especie en Portugal. Tiene 19 metros de alto y casi 22 de diámetro de copa. 

Seis bikers fuimos los protagonistas de esta ruta. Nos desplazamos hasta Póvoa en tres coches pero el viaje fue un desastre. Quedamos a las 9.15 h, pero uno de los coches se equivocó de lugar. Para evitar rodeos se fueron hacia el destino por Fonfría y Brandilanes. Los otros dos coches lo hicimos por Bermillo de Sayago y Miranda. Pero en Bermillo uno de los coches siguió por error de frente y, finalmente, tuvo que ir por Fariza, Badilla... hasta salir a la carretera de Miranda. 

Pero como todos los caminos conducen a Roma, junto a la iglesia de Póvoa nos encontramos todos. Descargamos, nos preparamos y nos dirigimos al Café da Ena, donde tomamos un café buenísimo.


Ya con el café en el cuerpo comenzamos a pedalear a las 10.30 (hora española). Salimos pronto del pueblo y nos sumergimos en un camino de buen firme y rodeado de paredes de piedra. 


Aunque el sol estaba oculto por nubes altas, la temperatura era muy buena, unos 11º.  Lástima que la luz quedara semioculta y lo que íbamos viendo no luciera como debería. 



Después de algo más de 2 kilómetros llegamos a donde creíamos que estaba la Azinheira de Póvoa, pero no veíamos nada. Continuamos adelante y en el kilómetro 3,3 apareció a nuestra izquierda. Tiene un precioso porte, un tronco que delata que es centenaria y una copa muy abierta que le otorga una gran belleza. 


Nos pareció que era el lugar ideal para hacer una foto de grupo. Hay que decir que resulta engañosa porque estábamos unos metros por delante del tronco. 


Tras las fotos nos subimos de nuevo a las bicis y seguimos pedaleando. El camino seguía siendo bueno e íbamos subiendo suavemente.


Pero ese camino enlazó con otro, menos transitado y con firme de hierba y ahí nos encontramos agua y barro por primera vez, preludio de lo que tendríamos que soportar en otra parte de la ruta. 


Ese camino desmebocó en otro mejor y por este llegamos, a Constantim, después de recorrer los cinco kilómetros que lo separan de la encina singular. 


El pueblo está muy extendido a la larga e hicimos un extenso recorrido por él. Como siempre solemos hacer, ese recorrido incluía la iglesia. 


Salimos de Constantim por una carretera en cuesta. Enseguida nos desviamos a la derecha y fuimos cruzando una zona boscosa de robles y pinos, fundamentalmente. Unos dos kilómetros después de haber salido del pueblo, giramos noventa grados a la izquierda y comenzamos una subida muy dura.


Tan dura como que la rampa era del 20% de desnivel, y solo bajo algo en los últimos metros en los que descendió hasta el 18%. La vida dio que solo tuviera 500 metros de longitud. 


Tras ellos llegamos a la esplanada donde se encuentra la Ermita de Nuestra Señora de la Luz, justo en la línea fronteriza entre España y Portugal. Allí se unen en una tradicional romería los pueblos de Moveros (España) y Constantim (Portugal). 


Junto a la ermita está la carretera y a la altura del templo se encuentra, de un lado, la señal que indica que se entra en Portugal y del contrario la de España. Nosotros nos hicimos la foto en la del extranjero, emulando así una que nos hicimos en ese mismo punto en 2019. Fue inevitable pensar en quien ya no puede estar en la foto.


Junto a la señal iniciamos nuestro periplo por "La Raya", el término con el que se conoce en esta zona el espacio fronterizo entre los dos países. En este caso un camino ancho y con buen firme por el que teníamos que recorrer casi ocho kilómetros. 


Cuando rodábamos por la izquierda del camino decíamos que íbamos por Portugal, y cuando lo hacíamos por la derecha, por España. Aunque el trazado es casi recto, la orografía de este tramo es un continuo sube y baja, pero con más metros de ascenso que de descenso. Eso sí, son subidas llevaderas que fuimos haciendo a buen ritmo. Al coronar la última nos encontramos a nuestra izquierda un vértice geodésico un tanto especial porque estaba sobre un pedestal muy alto.


Estábamos altos, a algo más de 900 m de altitud y eso permitía tener buenas vistas cuando las plantaciones de pinos que teníamos a nuestra derecha nos lo permitían. Pudimos ver una gran planicie en la que distinguimos un pueblo. Se trataba de Vivinera. 


Desde ese punto comenzamos a descender, aunque con trampa, porque había una subida a continuación, pero poco más adelante ya bajamos definitivamente.


Y lo hicimos bien, casi diríamos que bruscamente ya que en 1,5 km perdimos 170 m, pero claro nos estábamos aproximando al cauce del río Angueira y este discurre por un valle. 


Justo al llegar a la parte más baja giramos 180º a la izquierda y enseguida tomamos un camino hacia el lado contrario. Continuamos descendiendo pero más suavemente y por un camino serpenteante. 

La bajada terminó y justo en ese punto tuvimos que parar porque había un tronco de un árbol sobre el camino.  


Junto a él nos encontramos con el río Angueira. Teníamos que cruzar por un puente pero, imaginamos que por las crecidas, los apoyos de piedra habían cedido y los bloques que hacían de paso se habían roto.


Desde allí pudimos hacer una foto a este río que fluye por la zona fronteriza entre Zamora (España) y el noreste de Portugal, y que es afluente del río Manzanas. 


El recorrido junto al río no podía ser más bonito. Su rumor oyéndose casi constantemente, el verdor de sus riberas y, de vez en cuando, los claros del bosque nos permitían contemplarlo mejor


Además, el camino tendía ligerísimamente hacia abajo y se rodaba muy bien por él porque el firme ayudaba a que nuestras ruedas fueran ligeras. 



Después de unos tres kilómetros y medio bordeando su ribera llegamos a la localidad de Sao Martinho de Angueira, una localidad ribereña bastante extensa. 


Hicimos un amplio recorrido por varias de sus calles y aún así nos quedó una buena parte del pueblo sin ver.


La iglesia la visitamos al final de nuestro itinerario. Junto a ella se iniciaba la cuesta que nos alejó de esta localidad.


La subida, de cierta dureza y de más de un kilómetro de larga, nos llevó hasta una carretera por la que recorrimos unos cien metros y la abandonamos tomando un camino a la izquierda. 


Descendimos algo por este y después de algo más de un kilómetro, en el que se fueron alternando subidas y bajadas de poca importancia, giramos a la derecha. 


El camino estaba menos pisado. La hierba lo había invadido y si rodábamos sobre ella íbamos levantando agua y si nos salíamos rodábamos sobre cinco centímetros de barro. 


De vez en cuando surgía algún tramo en mejor estado, pero eran los menos. Eso sí, el paraje era muy, pero que muy bonito. 


Rodamos por esta zona casi cuatro kilómetros que se nos hicieron largos porque el terreno no permitía coger velocidad, es más, el barro agarraba nuestras ruedas y les impedía rodar "sueltas". 


Tras esos kilómetros salimos a un camino de arena compactada por el que se iba de maravilla, pero tan solo fueron unos cien metros.


Tras ellos volvimos a caminos del mismo tipo, es decir de hierba, con agua y con mucho barro. Volvimos a cruzar una carretera y continuamos con la misma tónica otros dos kilómetros. 


Llegamos a un cruce de caminos y allí nos reagrupamos. A nuestra izquierda había una pradera que parecía un lago. Nos parecía mentira que estuviera todo así a pesar de que ya hace bastantes días que no llueve nada. Pero es tanta el agua acumulada que el terreno no drena nada. 


Si alguien pensaba que por cambiar de camino íbamos a mejorar, se equivocaba. Aún tuvimos que pelearnos con el barro algo más de un kilómetro y, además, ascendiendo.


Finalmente salimos a un camino de los que da gusto rodar por ellos, fue el que nos llevó hasta la entrada de la localidad de Especiosa.


Recorrimos su calle principal, ancha y empedrada y nos desviamos a la derecha para rodear la iglesia.



Volvimos a la calle principal y dejamos atrás el pueblo ascendiendo por una carretera casi un kilómetro. Queríamos llegar hasta el Santuario de Naso y al terminar la subida lo encontramos.


El Santuário de Nossa Senhora do Naso es conocido como la "Reina de los Mirandeses". Según las leyendas, el culto en este lugar es muy antiguo, remontándose posiblemente al periodo astur-leonés, donde los soldados de la Reconquista ya rendían culto a la Virgen en este descampado situado junto a un camino romano y medieval.

El santuario actual cuenta con un templo en el que se guardan valiosos cuadros, con cinco capillas y un gran altar al aire libre para la celebración de misas.



 También hay un gran aparcamiento y espacios cubiertos para que puedan comer los peregrinos que acuden allí los días 6, 7 y 8 de septiembre.


Al abandonar la zona nos encontramos con la entrada a la zona del santuario, aunque para nosotros ya era la salida.


Dejamos atrás el santuario por la carretera que hay junto a él, por la que recorrimos unos quinientos metros, tras los que nos desviamos a la izquierda para seguir por un camino, ya bueno, por fin.


Además, este tenía ligeramente hacia abajo y se agradecía. Se agradecía y nos permitió rodar a más de 25 km/h. 


Con esa velocidad los 4 kilómetros que nos separaban de Póvoa los hicimos muy rápidos, pero aún así nos dio tiempo a deleitarnos con esta charca, por ejemplo, repleta de esas florecillas blancas que llenan estas aguas en primavera. 


Finalmente, ya vimos nuestro destino al que llegamos bajando con algo más de inclinación. Eso sí, para llegar a la iglesia, donde teníamos los coches, nos tocó ascender de nuevo.


Cuando llegamos cargamos las bicis, nos cambiamos y acudimos de nuevo al Café da Ena para dejar algo más en el pueblo ya que no podíamos comer en esta localidad. Allí nos tomamos, como Dios manda, una Super Bock (bueno, no todos). Al terminar fuimos a comer a Miranda do Douro y lo hicimos en un clásico para nosotros, O Moinho, pero hemos de decir que esta vez nos defraudó.

Tras la comida regresamos a Zamora pensando ya en la próxima, que va a ser muy bonita...





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