Argusino fue un pueblo de nuestra provincia que en septiembre de 1967 quedó bajo las aguas del Embalse de Almendra-Argusino, así como la mayor parte del término. En el título de esta entrada hemos querido poner ese nombre al embalse porque es el que debería tener, qué menos que eso después de quedar bajo las aguas... Sin embargo, se le puso el de Almendra, por estar una parte de la presa en el término de esa localidad salmantina. La ruta de hoy ha transcurrido por Sayago y las protagonistas han sido las dehesas y este embalse.
Desde Zamora a Almeida de Sayago, lugar de partida de la ruta de hoy, se tardan unos 40 minutos. Por ello quedamos a las 9.15 h. Nos desplazamos 5 bikers en 3 coches. Al llegar a esta localidad aparcamos junto al Bar Restaurante Almeida, descargamos las bicis, nos pusimos todos los "atripechos" y nos tomamos un café antes de partir.
Comenzamos a rodar a las 10.15 h. El viento hacía sentir una sensación térmica menor de los 6º existentes. En el cielo no había una sola nube, pero sí una calima (provocada por polvo del Sahara en suspensión) que le restaba brillo y luz al día.
Las primera pedaladas las dimos recorriendo un par de calles del pueblo que nos llevaron hasta un extremo del mismo por el que salimos a campo abierto.
Poco después entramos en una de las maravillosas "autopistas sayaguesas", describimos un par de curvas a uno y otro lado y continuamos en paralelo a la carretera que va hacia Carbellino.
Poco más adelante, al llegar a un cruce de caminos, nos encontramos con una cancela, la primera de las innumerables que tendríamos que pasar a lo largo de la ruta. Tras ella el camino había sido comido por la hierba pero se podía rodar sin gran dificultad.
Después de recorrer unos quinientos metros nos encontramos con una alambrada baja. Pasamos sin mayor dificultad nosotros y las bicis por encima y salimos a la carretera. Rodamos por ella otros quinientos metros y nos desviamos a la derecha, donde indica el Balneario de Almeida. Ya por este camino volvimos a disfrutar porque se rodaba de maravilla y lo que íbamos viendo nos estaba encantando. Hicimos varios cambios de dirección, pasamos cerca del Dolmen Casal del Gato, pero no nos acercamos porque hemos estado varias veces en él, y después de unos dos kilómetros volvimos a salir al asfalto.
El tramo de carretera fue cortito, menos de quinientos metros. Un giro a la derecha nos devolvió de nuevo a un camino muy bonito.
Después de dos kilómetros por este cruzamos la carretera y seguimos de frente si bien enseguida el camino se escoró a la izquierda entrando así en un tramo que nos encantó: un camino no muy ancho, rodeado de paredes de piedra, y encinas y verde por todas partes.
Por si fuera poco el perfil era descendente, así que los dos kilómetros que recorrimos por este paraje los disfrutamos mucho pero nos supieron a poco. Terminó este tramo al salir de nuevo a la carretera. La cruzamos y continuamos de frente. A nuestra derecha apareció una rivera muy bonita y unos doscientos metros más adelante encontramos el llamado Molino de Abajo, que teníamos marcado para ver en esta ruta.
Tras disfrutar unos minutos de la zona nos volvimos a montar en las bicis y regresamos a la carretera, y continuamos por ella hacia Roelos. Por delante teníamos unos 3 km con un par de subidas suaves y una bajada
Poco después de entrar en el pueblo nos topamos con el Ayuntamiento a nuestra derecha y la iglesia, de grandes proporciones a la izquierda.
Después de rodear la Iglesia de la Natividad de Nuestra Señora (siglo XVI) continuamos por la carretera y por ella abandonamos el pueblo. Seguimos por ella algo menos de quinientos metros tras los cuales nos desviamos a la derecha para continuar por otro precioso camino. En una primera parte íbamos de nuevo entre magníficas paredes de piedra.
Más adelante comenzó a haber más vegetación y nos encontramos con una zona con bastante agua acumulada.
El terreno no era llano, pero tanto las subidas como las bajadas eran cortas y no demasiado empinadas, por lo que afectaban poco a nuestro ritmo.
En el último tramo volvimos a rodar cerca de paredes y grandes praderas a uno y otro lado del camino.
Una pequeña subida nos dejó a las puertas del puente que cruza el Arroyo de las Huelgas, magnificado este por la cercanía del embalse del que recula agua y le hace ganar anchura y profundidad. El puente es del siglo XVI, pero desmerece por las biondas metálicas que le han puesto a ambos lados.
Junto a sus aguas hay muchas paredes que en su día delimitaron un gran número de fincas que, cuando el nivel del embalse sube, quedan anegadas.
Entramos en esta localidad atravesando la Plaza Mayor y continuando de frente. No tardamos en llegar a la iglesia, ubicada en una plaza muy cuidada. Junto a ella, en un jardín, vimos el nombre del pueblo así que nos pareció que el encuadre perfecto para la foto era el que captaba estas y el templo.
Esta antigua parroquia de San Miguel (siglo XVI) no tiene culto. Su proximidad a la cola del embalse de Almendra – Argusino hizo que se trasladara el culto a un nuevo templo. Tras varios años de abandono fue reconstruida y rehabilitada como edificio cultural, y ahora es sede de las asociaciones locales.
La iglesia nueva nos la encontramos más adelante en nuestro recorrido por el pueblo. De reciente construcción, cuenta con una fachada curvada en la que hay una escultura y un gran arco de entrada.
Hay que reseñar que, tanto Roelos como Salce, son dos pueblos muy cuidados, con muchos detalles ornamentales, con las calles muy bien pavimentadas, limpios y muy pulcros. Solo echamos en falta lo de siempre: más personas...
Poco después de pasar junto a la iglesia nueva comenzamos a alejarnos del pueblo y lo hicimos ascendiendo por un buen camino. Terminó la subida como un kilómetro después, al llegar a un lugar del que partían tres caminos. Nosotros seguimos por el del centro. Nada más empezar a rodar por él comenzamos a descender hacia el embalse, del que nos separaba como un kilómetro.
Antes de recorrer esa distancia ya podíamos contemplar su inmensidad según bajábamos serpenteando hacia la orilla. Hoy se encontraba al 85% de su capacidad. Este embalse es el tercero de España por capacidad y uno de los más extensos. Su presa es también la más alta del país.
Pasamos cerca de una playa pero no llegamos a parar en ella. Seguimos bordeando el embalse muy cerca de la orilla hasta que llegamos a una pequeña explanada con una bonita encina en el medio.
Allí mismo giramos a la derecha y comenzamos una suerte de sube y bajas que se prolongó a lo largo de cuatro kilómetros atravesando una zona con muchas encinas y monte bajo y, en algunos momentos, cerca de la orilla del embalse.
Después de esos cuatro kilómetros giramos a la izquierda para desviarnos hacia el embalse, solo para poder disfrutar de las vistas. Recorrimos unos seiscientos metros hasta llegar cerca de la orilla. Allí paramos, contemplamos la zona y, quien quiso, aprovechó para comer algo.
Unos minutos más tarde nos pusimos en marcha de nuevo para volver atrás, hasta el punto donde nos habíamos desviado. Al llegar allí continuamos por la izquierda y descendimos algo más de un kilómetro atravesando de nuevo un encinar y, finalmente, llegamos a una explanada donde vimos frente a nosotros la ermita Santa Cruz de Argusino. Como citamos en la cabecera de esta entrada del blog, Argusino fue un pueblo anegado el
17 de septiembre de 1967. Antes de la llegada del agua el pueblo fue dinamitado y destruido, ni siquiera se hizo uno nuevo como había sucedido hasta ese momento con casos similares.
En una pared de la ermita se puede leer: “En recuerdo a los antepasados que están bajo las aguas”. Es lo que les queda, esa ermita y esas palabras...
Nos pareció que, por lo emblemático del lugar, era el momento de hacerse un selfie, y así lo hicimos.
Una vez de nuevo sobre las bicis avanzamos un poco más hacia el cercano embalse para ver si se veía algún rastro de paredes de fincas o de algo de Argusino, pero el nivel de las aguas lo cubre ya todo.
Regresamos a la explanada y seguimos recto, comenzado una subida tendida por una autopista sayaguesa en la que empezamos a notar de frente el azote del viento. Después de unos quinientos metros llegó el premio de la bajada y enseguida giramos a la izquierda.
Entramos en un camino también de buen firme por el que rodamos unos dos kilómetros y medio y en los que tuvimos que salvar otras dos cancelas.
El último tramo, ya cerca del embalse, resultó muy bonito. El camino estaba marcado por dos roderas y el verde primaveral lo invadía todo.
Cuando llegamos a la misma orilla del embalse nos decepcionó un poco, sabíamos que era un entrante del mismo pero pensábamos que desde allí podríamos ver a nuestra izquierda la presa. Lo cierto es que un saliente impedía verla, así que con las mismas nos dimos la vuelta y regresamos unos dos kilómetros por el mismo camino por el que habíamos llegado hasta allí.
Un giro a la izquierda hizo que continuáramos por otro camino paralelo al borde de la cola del embalse pero a cierta distancia de este, cuando la vegetación y la orografía lo permitían lo veíamos.
De nuevo tuvimos que abrir, pasar y cerrar otra cancela y allí parecía que terminaba el camino.
Enseguida nos dimos cuenta de que había un senderito bordeando la tierra sembrada de cereal y por él describimos un ángulo recto. Terminamos frente a otra cancela.
Ya del otro lado continuamos avanzando. Llegamos a una pequeña rivera que atravesamos y unas decenas de metros más adelante giramos a la derecha.
El camino apenas estaba marcado y la pradera acumulaba aún mucha agua, pero eso sí, la zona era muy bonita. A medida que íbamos avanzando fuimos entrando en un robledal que cruzamos. Como íbamos despacio no éramos muy conscientes de que íbamos subiendo, pero así era.
Un kilómetro y medio después, y tras cruzar otra cancela, entramos a un camino de verdad, pero solo transitamos por él como quinientos metros, tras los que continuamos por otro, pero solo para hacer por él una subida y su correspondiente bajada. Esta desembocó en otro al que nos unimos hacia la izquierda.
Este era de los que catalogamos como autopista sayaguesa y por él continuamos sin cambiar de dirección algo más de once kilómetros, los que nos separaban de la Ermita de Gracia.
En ese trayecto continuamos viendo a ambos lados del camino vallas y vallas de fincas y pequeñas dehesas.
También tuvimos encuentros, en dos lugares diferentes, con varios mastines que se encontraban cerca del ganado al que trataban de proteger. En ambos casos debieron intuir que solo queríamos pasar y, entre esa intuición y algunos gritos para ahuyentarlos, salvamos la situación.
Pero si algo estuvo omnipresente en todo este tramo fue la encina. Las encontramos de todos los tipos, jóvenes y muy longevas, muy juntas y más separadas, pero siempre con su elegante porte y rodeadas de verde.
Estos once kilómetros fueron castigando nuestras piernas porque estuvieron repletos de tramos largos de subidas tendidas alternándose con pequeñas bajadas. A mayores el viento nos daba de cara y nos frenaba. Finalmente, vimos aparecer la silueta de la ermita en la que se encuentra la Virgen de Gracia, patrona de Sayago.
Según la leyenda, esta virgen se le apareció a un pastor que se encontraba con sus rebaños entre Almeida y Villamor de Cadozos. El templo se construyó en el siglo XVII, aunque la tradición haya situado la aparición de la imagen a finales del XV.
A escasos metros del templo atravesamos la antepenúltima cancela, empezando a rodar por Camino Natural del Paisaje Agrario Sayagués, que justo comienza en ese punto y va hasta Escuadro.
Recorrimos unos cientos de metros en paralelo a la carretera que une Almeida con Bermillo. Tras ellos giramos a la derecha. Pasamos otra cancela, cruzamos la carretera y seguimos de frente para encontrarnos, ¿a ver quién lo adivina? Efectivamente, otra cancela, eso sí, ya la última.
Atravesamos una zona boscosa muy bonita aunque el arbolado fue disminuyendo a medida que íbamos avanzando.
Un poco más adelante, en una zona con roderas muy marcadas, la rueda de uno de los bikers fue "atrapada" por una de estas y lo tiró al suelo. Evidentemente nos asustamos, pero enseguida nos dijo que se encontraba bien y en un minuto estaba de nuevo sobre la bici.
De nuevo en marcha describimos con nuestra trayectoria un cuatro, ascendimos la última cuesta y, coronada esta, comenzamos a descender hacia Almeida.
Como bajando se avanza mucho enseguida pudimos ver una panorámica del pueblo. Poco después nos unimos a otro camino y este nos llevó ya hasta la entrada del pueblo.
Como al salir apenas habíamos rodado por la localidad, hicimos un pequeño tour rodando por varias de sus calles, algunas con mucho encanto. Finalmente, terminamos junto al Ayuntamiento y poco más adelante, ya con la iglesia prácticamente frente a nosotros, llegamos al fin de nuestra ruta.
Después de cargar las bicis y asearnos en la medida de lo posible, nos tomamos una cerveza y comimos en el
Bar Restaurante Almeida, donde nos trataron muy bien y comimos estupendamente. Tras la comida, cada mochuelo a su olivo, que dice el refrán.
Para descargar la ruta haz clic en el logo de Wikiloc.
No hay comentarios:
Publicar un comentario