11 de marzo de 2026

Hornos, molinos y paredes de Moveros

No hace muchos días descubrimos en la cuenta de Wikiloc de un amigo una ruta de senderismo que, a priori, parecía muy bonita, así que la archivamos en la carpeta de "Pendientes". Como aún hay mucho barro por los caminos hoy aparcamos las bicis y nos fuimos a Moveros para llevar a cabo esa ruta archivada. Ahora, una vez terminada, podemos decir que fue todo un acierto porque nos ha encantado. 

Calculando el tiempo del viaje de Zamora a Moveros y lo que podíamos tardar en realizar los nueve kilómetros de la ruta, nos pareció que podíamos quedar a las 10.00 h de la mañana para tomar un café y salir hacia Moveros. Y así lo hicimos. Después de tomar el café partimos hacia esa localidad alistana, famosa por su cerámica, los seis que íbamos a participar en dos coches. 

Aparcamos junto a la iglesia y desde allí comenzamos a caminar sobre las 11.00 h. liberados de ropa de abrigo porque ya había 9º y el sol trataba de abrirse paso entre las nubes y lo estaba consiguiendo. 

Como decíamos, partimos de la iglesia, dejando esta a nuestra izquierda y siguiendo de frente hasta que se terminó el pueblo. Poco más adelante en una bifurcación vimos una pequeña cubierta y una construcción redonda de piedra bajo ella. Se trataba del Molino de Santa Catalina, en el que cocían sus piezas de cerámica las familias alfareras del "barrio de abajo". 


Por la portezuela en forma de triángulo se metía la leña, siendo necesarios para una cocedura unos 40 brazados de leña. Las piezas de cerámica se empezaban a poner sobre la rejilla del interior del horno y se iban colocando unas encima de otras. Sobre ellas se colocaba una capa de trozos de piezas rotas. La cocción se prolongaba unas seis horas. Al día siguiente de la cocción, cuando los cacharros ya se habían enfriado, se sacaban del horno. 
 

Después de ver el molino continuamos por el camino que parte a su izquierda y enseguida comprobamos que íbamos a encontrar mucha agua en nuestro recorrido. 


Como el Goretex de nuestro calzado lo hemos pagado y hay que amortizarlo, hacíamos lo que podíamos por evitar meter los pies en el agua, pero si no había remedio tampoco pasaba nada... Y es que lo que íbamos viendo lo compensaba todo, el camino discurre entre paredes de piedra, la mayoría de ellas revestidas de musgo, con algunos robles y verdes praderas. 


Aunque al principio no vimos ninguna señalización, más adelante comenzamos a encontrar postes pintados de granate en la parte superior y una franja amarilla debajo. Harían falta algunos más para que no surgieran dudas, por lo que, si se puede, es mejor apoyarse en un GPS o una app como Wikiloc, Komoot, etc. 


Cuando llevábamos recorrido como un kilómetro llegamos a la altura del Arroyo del Manzanal. Con toda la lluvia caída durante el invierno y la de los últimos días parecía algo más que un arroyo. Aún así, sus aguas son transparentes y con su continuo tránsito producían un sonido tremendamente agradable.

Comenzamos a caminar en paralelo al arroyo por un sendero que no siempre era visible. Poco después vimos un pontón de lajas que sirvió para hacer algunas fotos. 


Continuamos caminando junto al río y el paraje no podía ser más bonito, a lo que, sin duda, ayudaba que el sol se estaba imponiendo a las nubes y su luz siempre lo realza todo. 


Poco más adelante vimos a nuestra izquierda los restos de una construcción. Por el lugar donde se encontraba, junto al arroyo, nos dimos cuenta de que era un molino. Unos pasos más adelante un cartel nos indicó que se trataba del llamado Molino Viejo. 



Dejamos atrás el molino y en nuestro caminar continuábamos avanzando a la par que el arroyo y, aunque el sendero seguía siendo a veces incierto, las aguas nos iban sirviendo de guía. Nos rodeaban robles, ahora desnudos, esperando ya el próximo abrigo de las hojas, y también jaras y algunas escobas. 

Como un kilómetro después del Molino Viejo llegamos a otro pontón, este algo más grande. Nos pareció que era el lugar ideal para hacernos una foto de grupo. 


Muy cerca de este, en la margen derecha del arroyo, encontramos el segundo molino, el llamado La Hormiga. Se encuentra muy bien conservado a pesar de que, aparentemente, no ha sido rehabilitado y si ha sido restaurado se ha realizado la obra con maestría.


Desde el molino nos dirigimos al arroyo porque teníamos que cruzarlo. Encontramos un pequeño puente prácticamente en frente. Ya del otro lado seguimos recto unos quinientos metros y llegamos a un punto donde había una bifurcación. La señalización granate iba hacia la izquierda para regresar al pueblo y la amarilla hacia la derecha. Nosotros optamos por esta última porque conduce al Molino Lajafriz. 

Enseguida comenzamos a ascender una pequeña cuesta que nos condujo a una zona alta donde encontramos, a unas decenas de metros a la izquierda del camino, un aprisco de piedra magistralmente hecho. 


Más adelante continuamos disfrutando de las paredes que delimitan las fincas y que, probablemente, algunas lleven hechas más de cien años sin tener ni una gota de cemente que las asegure. 



Al separarnos del río el paisaje cambió, había menos arbolado y más monte bajo, sobre todo jaras, aunque también había escobas y algunos espinos. Bueno, y agua, porque comenzamos a descender suavemente y eso implicó ir encontrando zonas con cantidades importantes acumuladas que íbamos evitando como podíamos. 


Finalmente, continuamos bajando entre piedras graníticas no muy altas pero enormemente anchas y ya pudimos ver el Molino Lajafriz. Aunque lo hemos incluido en la ruta en realidad está en el término de Fornillos de Aliste. 


Se construyó por los años 30 del siglo pasado por varias familias. Ha sido restaurado y puede funcionar si así se requiere. 

A la mayoría de los que estábamos no nos sorprendió su belleza porque ya habíamos llegado a él algunas veces en bici, pero aún así hoy nos pareció majestuoso porque la luz lo realzaba y porque había tanta agua y tan cristalina a su alrededor...: en un pequeño embalse que tiene tras de sí, en la cascada que cae a su lado y en el arroyo que sigue su curso después del molino (por cierto, es el llamado Arroyo de Prado Nuevo). 



Una vez visto bien el molino y sus alrededores iniciamos el regreso desandando el camino que nos había llevado hasta allí siguiendo las señales amarillas desde la bifurcación. 

Al llegar al punto donde nos habíamos desviado para ir a este último molino, continuamos hacia la derecha, siguiendo de nuevo las marcas granate. Volvieron a aparecer los robles, muchos de ellos vestidos con un manto de líquenes. Colonizan su corteza sin sin dañarlos, utilizándolos solo como soporte. Son auténticos bioindicadores de aire limpio. En esta zona queda claro que tiene un aire limpio no, limpísimo.


El camino estaba bonito flanqueado por estos árboles pero seguro que cuando la primavera esté más asentada y recuperen su hoja lo estará aún más. 


Más adelante hubo un tramo en los que desaparecieron los árboles y caminamos rodeados de jaras, principalmente, aunque también algunas escobas. 


De vez en cuando el camino aparecía inundado con una capita de agua que no quedaba otra que pisar (bendito Goretex). En un tramo tuvimos que bordear una auténtica laguna haciéndonos un hueco entre los árboles y la maleza.



Faltando como un kilómetro para entrar de nuevo en Moveros llegamos a un camino ancho, como de concentración, al que nos unimos hacia la izquierda. Desde allí el resto de la caminata ya fue coser y cantar. 


Justo al entrar en el pueblo nos topamos con otro horno, en este caso el llamado de la Vega, porque en él cocían las familias alfareras del barrio del mismo nombre. Este estuvo activo hasta el año 1.985. 


Como si de un museo etnográfico se tratara, al otro lado de la calle pudimos ver el potro de herrar al ganado, precioso, por cierto, realizado con cuatro piedras de granito hincadas. 


Entramos en el pueblo y seguimos adelante sin cambiar de dirección hasta llegar a la carretera que cruza la localidad. Al llegar a ella giramos a la izquierda y seguimos avanzando hasta llegar de nuevo a la iglesia, junto a la que teníamos los coches. 


Como nos gusta, si es posible, dejar "algo" en el pueblo, nos dirigimos al bar que habíamos visto al entrar en Moveros y, como era pronto (las 13.30 h), nos tomamos allí una cerveza. 

Desde allí fuimos a Alcañices a comer. Lo hicimos en el Restaurante El Alistano, donde comimos muy bien, con muy buen servicio. Al terminar cogimos carretera y manta y tan felices para casa. 




Para descargar la ruta haz clic en el logo de Wikiloc.

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