La floración de los cerezos del Jerte es un espectáculo. Estos días eran los propicios para ver este valle en su mejor momento, así que aprovechamos para hacer una ruta y recorrer una buena parte del valle entre bancales con miles y miles de cerezos en su máximo esplendor y algunas cascadas. Ahora, una vez realizada, podemos decir que ha sido espectacular.
El punto de inicio de nuestra ruta se encuentra a 215 km de Zamora, así que no quedaba otra que madrugar. A las 8.00 h partimos los cuatro bikers participantes en dos coches. Todo iba bien hasta que nada más pasar Guijuelo saltó en nuestros teléfonos una ES-Alert que nos indicaba que había habido un escape de gas en una fábrica de Fuentes de Béjar y que por ese motivo se cerraba la A-66. Unos kilómetros más adelante, efectivamente, nos desviaron de la autovía, nos indicaron que fuéramos a Guijuelo y desde allí nos desviaron a carreteras secundarias.
El problema es que había cientos de camiones por delante de nosotros y otros tantos de frente y había retenciones cada poco. Finalmente, terminamos saliendo de nuevo a la A-66 pasado Béjar, pero para entonces ya nos habíamos retrasado casi una hora.
Teníamos previsto dejar los coches en un
aparcamiento junto al Hotel Balneario Valle del Jerte y allí llegamos pasadas las 11.00 h sin haber hecho ni una sola parada en todo el camino. Descargamos y nos preparamos en tiempo récord e iniciamos la ruta sobre las 11.20 h.
Nada más salir, a escasos metros del aparcamiento, cruzamos por un puente sobre el río que da nombre al valle y que lo recorre por entero, el Jerte.
Poco más adelante cruzamos la carretera N-110, rodamos unas decenas de metros hacia la derecha y enseguida nos desviamos a la izquierda para coger una carreterita local que va a la localidad de Cabrero. En ese mismo instante comenzamos a ascender, así, sin haber podido calentar nuestras piernas, y no por rampas suaves precisamente.
Eso sí, enseguida comenzamos a ver cerezos en flor por todas partes. Sabíamos que era el momento justo para visitar el valle, pero no nos esperábamos que hubiera tantísimos cerezos florecidos.
De entrada, ascendimos casi 300 metros en unos tres kilómetros y medio, pero claro, había rampas entre el 8% y el 16%. Eso sí, la mañana no podía estar más bonita, sin apenas nubes e incluso templada, porque nos encontrábamos a algo más de 16º. De hecho, íbamos sudando.
Mirando a nuestra izquierda podíamos ver aún las cumbres de la Sierra de Candelario con restos de nieve.
Tras ese primer tramo de la ascensión nos desviamos de la carretera para seguir por un camino hacia la derecha que nos dio un pequeño respiro gracias a unos primeros metros casi llanos. Fuimos empalmando varios caminos de servidumbre de las fincas y continuamos subiendo.
Como un kilómetro después una última subida nos llevó hasta las puertas de la localidad de Cabrero, que nos recibió con una rampa bastante empinada.
Pasamos casi de soslayo por este pueblo porque era un simple paso hacia el siguiente, Casas del Castañar y nuestra ruta volvía a pasar de nuevo por Cabrero.
Salimos de esta localidad y descendimos por la carretera que lo une con Casas del Castañar a lo largo de un kilómetro. Tras este una pequeña subida nos sumergió en el pueblo. Siguiendo por la misma carretera vimos el
Bar Capri y decidimos parar allí para tomar un café (eran más de las 12.00 y habíamos desayunado a las 7.30). Por cierto, los cafés estaban buenísimos.
Tras el café, allí mismo nos dimos la vuelta, nos desviamos de la carretera y salimos del pueblo por una de esas pistas de cemento muy propias de la zona por la que fuimos ascendiendo ligeramente como un kilómetro.
Desde la propia pista, mirando a nuestra izquierda pudimos contemplar una bonita panorámica de Cabrero, localidad que desde allí parecía arropada por los cerezos.
En el último tramo de ese kilómetro despareció el cemento y seguimos por un camino estrecho que, poco más adelante, se convirtió en una senda. Finalmente, nos tocó bajar de la bici y tirar de ella por una cuesta abajo con piedras y ramas invadiendo el senderito. Pero solo fueron unas decenas de metros.
De nuevo sobre las bicis giramos a la izquierda y continuamos recto unos quinientos metros, cruzamos una carretera y seguimos otro tanto hasta que entramos en el pueblo. Poco después de comenzar a recorrer sus calles nos encontramos con este precioso rincón dedicado a los cabreros.
Continuamos nuestro tour que pasó por calles típicas, junto a la iglesia y por la Plaza Mayor.
Desde la plaza descendimos por una calle a la carretera y continuamos por esta hacia la derecha, llegando enseguida al Mirador de la Cabra. No tenemos claro por qué se le puso este nombre...
El lugar nos pareció idóneo para hacernos un retrato de los cuatro, o lo que es lo mismo: un selfie.
Desde allí una parte del Valle del Jerte se abría ante nosotros. Frente a nosotros se podía distinguir una localidad, se trata de El Torno.
Desde el mirador nos dirigimos a la carretera que pasa por debajo del mismo y comenzamos un descenso entre bancales de cerezos que nuestras piernas agradecieron y que se alargó unos dos kilómetros.
Al llegar a una curva pasamos por un puente bajo el que corría con fuerza el Arroyo de Galindo.
Nada más cruzarlo giramos a la izquierda para comenzar a descender unos 200 m por un camino junto al arroyo. Nos estábamos dirigiendo a la Garganta de Marta.
Llegamos a un punto en el que no podíamos seguir con la bicis. Las aparcamos y unos pasos más adelante nos encontramos con un puente suspendido sobre la garganta.
De nuevo en las bicis regresamos al punto donde habíamos abandonado la carretera y continuamos por ella un kilómetro de ascenso tendido hasta la localidad de Valdastillas. Entramos por la calle principal, nos desviamos hacia la Plaza Mayor y desde esta continuamos por otra calle que terminó sacándonos del pueblo.
Descendimos por la carretera seiscientos metros. Tras una curva de casi ciento ochenta grados abandonamos el asfalto para seguir por un camino hacia la derecha.
Allí mismo comenzamos un ascenso, en principio junto a la Garganta del Bonal, pero no tardamos en tomar la opción de la izquierda en una bifurcación.
A pesar de las cuestas en cuanto levantábamos la mirada nos encontrábamos regalos como el que nos ofrecía esta ladera.
Más adelante nos desviamos a la derecha para seguir por otro camino. El firme era bueno y se iban alternando tramos de arena compactada y de cemento. Una característica común a unos y otros es que los cerezos ocupaban ambos lados de los mismos.
Después de ascender unos dos kilómetros salimos a una carretera por la que continuamos hacia la derecha. Por ella seguimos subiendo alrededor de un kilómetro, y medio más por otra carretera de mayor importancia a la que nos condujo la anterior. Nos estábamos dirigiendo hacia la Cascada del Caozo, que íbamos viendo a lo lejos.
Llegamos a los pies de la cascada, a su último tramo. Íbamos a dejar las bicis allí y subir caminando hasta el lugar donde se puede ver una caída mayor, pero había mucha gente y no nos pareció prudente. Nos conformamos con disfrutar de ese fragmento de agua embravecida.
Regresamos, ahora bajando, al punto donde nos habíamos unido a esa carretera más ancha y desde allí continuamos por la misma pero desde ese punto comenzaba una subida de algo más de un kilómetro atravesando un bosque bastante frondoso.

El ascenso terminó cuando nos desviamos a la izquierda para tomar un camino por el que comenzamos a descender, era el comienzo de una bajada de nada menos que de seis kilómetros en los que perdimos casi 350 metros de desnivel.
Este descenso no pudo ser más bonito. Los cerezos llenaban la totalidad de las fincas que encontrábamos a un lado y otro del camino. Como había sucedido anteriormente, el firme por el que íbamos rodando iba alternándose entre tierra, cemento y asfalto. Se trataba de caminos que solo usan los propietarios o trabajadores de los cerezos para subir a sus fincas con maquinaria o con furgonetas.
Pero no solo era una gozada ir viendo la floración, también lo era mirar a la Sierra de Candelario que justo teníamos delante en algunos momentos del descenso.
A medida que íbamos perdiendo altura la inclinación del camino era mayor y eso hacía que fuéramos castigando los frenos, sobre todo porque no queríamos coger excesiva velocidad que nos impidiera disfrutar del paisaje.
Cada poco nos íbamos encontrando con pequeñas gargantas por las que corría agua a raudales. Sin duda el invierno tan lluvioso que hemos padecido ha dejado los acuíferos con excedentes y el agua estaba por todos lados dejándose llevar por su propio peso. En una de esas gargantas pudimos gozar de esta preciosa imagen.
La mayoría de cerezos que vimos en todo el recorrido eran jóvenes y es que la esperanza de vida promedio de estos árboles está entre 15 y 30 o 40 años. Pero también vimos algún ejemplar cuyo tronco delataba una edad más avanzada, sin embargo esa edad no le restaba frondosidad a su floración.
Finalmente, tras unos cientos de metros bastante inclinados y sinuosos llegamos, casi de repente, a la carretera que cruza la localidad de Navaconcejo. Seguimos por ella y vimos uno de los restaurantes que teníamos en mente como posible candidato para comer en él. Decidimos parar a tomarnos una cerveza y de paso preguntar si nos darían de comer como una hora y cuarto más tarde (en ese momento eran las 14.00). Nos hidratamos en la terraza y nos dijeron que hasta las 15.30 nos atenderían.
En pocos minutos estábamos de nuevo sobre las bicis. Nos desviamos hacia la izquierda para ir al encuentro del río Jerte. Fuimos a su lado hasta que, tras dejar a nuestra espalda una plaza y una ermita (la del Santísimo Cristo del Valle), se terminó el pueblo.

Por esa zona el río corría enfurecido, pero no es de extrañar porque viene descendiendo desde prácticamente el Puerto de Tornavacas, que está a 800 m más de altitud que Navaconcejo. Vamos, que las aguas traen carrerilla.
Unos quinientos metros más adelante, pudimos ver el río más calmado al cruzar un puente sobre el mismo.
Fuimos rodando en paralelo a este cauce fluvial algo más de seis kilómetros por terreno casi, casi llano, una novedad que no habíamos experimentado hasta ese momento en esta ruta.
Y si a la izquierda teníamos las vistas que nos proporcionaba el río, a nuestra derecha podíamos deleitarnos con las laderas pinceladas de blanco.
El terreno por el que rodábamos era asfalto y cemento en su mayoría, lo que nos permitía ir a una buena velocidad. Y nos convenía hacerlo para poder llegar a comer.
Después de esos seis kilómetros y medio se terminó lo bueno, nos separamos del río girando hacia la derecha y comenzamos a ascender por caminos de servidumbre, alguno incluso poco marcado.

Terminamos saliendo a la carretera de Rebollar, de hecho estábamos bastante cerca del pueblo. Seguimos por ella unas decenas de metros pero la abandonamos para continuar por un camino por el que comenzamos a descender algo menos de tres kilómetros, los que nos separaban del punto desde donde habíamos salido. Antes de llegar hubo algún pequeño repecho para que no todo fuera rodar sin apenas dar pedales. Finalmente, llegamos al aparcamiento donde estaban nuestros coches. Cargamos las bicis y nos cambiamos con rapidez y enseguida nos dirigimos a Navaconcejo para comer donde habíamos quedado, en el
Restaurante Miranda del Jerte, donde recibimos un trato excelente y comimos muy a gusto y bien.
Regresamos a Zamora por el Puerto de Tornavacas, donde hicimos una pequeña parada en el mirador desde el que se puede contemplar la totalidad del valle, pero hoy una brumilla nos impidió disfrutar de una visión clara.
Esta vista, aunque diezmada, fue el colofón de esta ruta que los cuatro calificamos de excelente.
Para descargar la ruta haz clic en el logo de Wikiloc.
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